Podemos hacer algo, claro que podemos. Quienes, por el momento, naturalmente, no tenemos previsto integrarnos en ese formidable ejército de gallegos que cada año se echan la maleta al hombro para buscarse el futuro en la lejanía aún podemos hacer algo por Galicia. Echarnos a llorar. Organizarnos en grupos y ponernos a llorar por el futuro de nuestro país, porque es lo que nos queda.
Cada mañana asistimos a la demolición de uno de nuestros pilares económicos y empresariales. Y mientras nuestros señoritos se ocupan en reclamar claridad en las cuentas, después de haberles inflado las arcas con nuestros ahorros, el desconsuelo y la desesperanza nos van carcomiendo la moral. Galicia se está convirtiendo en un drama. A pasos de gigante. Debe de ser que, como nos decían que estábamos mejor que otras comunidades, no quieren que mantengamos la ventaja. Los Ferrines, Rivas, Docampos y Xavieres varios deberían ponerse a escribir una oda a la desesperación. Un llanto por Galicia.
Alguien debería decirnos, como hizo Kennedy, que nos preguntemos qué podemos hacer nosotros por Galicia. Sencillamente, llorar. Aunque me asalta una duda. No sé si llorar de dolor o de indignación. Por tanta incompetencia e incapacidad. Y por tanta desvergüenza.