Monarquía y baloncesto: sí, no se sorprendan

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

La monarquía española, que pasa su peor momento desde la coronación del rey hace casi cuatro décadas, tiene, más allá de Urdangarines, elefantes y Corinas, un gran problema, que son dos, en realidad: que se acabó el apagón informativo sobre los asuntos no estrictamente oficiales del jefe del Estado y su familia; y, muy relacionado con ello, que la deteriorada legitimidad de ejercicio de la institución de la Corona ya no es capaz de cubrir la completa falta de legitimidad de origen del único órgano estatal no democrático existente en nuestro régimen político.

Sobre la extinción del apagón informativo no hay nada que decir, pues sus efectos están bien a la vista: el mito de un rey perfecto y una familia real inmaculada pudo construirse porque existía en España un pacto no escrito de silencio sobre todo aquello que afectaba de manera negativa a la jefatura del Estado. Vuelta la luz, salen a relucir Corinas y elefantes, lo que hubiera sido menos grave de no tener el rey entre los suyos a un verdadero sinvergüenza, que se ha hecho un capitalito, de modo irregular, amparándose en el parentesco con su suegro. De hecho, la desaparición del apagón ha sido tan radical y repentina que incluso algunos desaprensivos, como ese primo traidor y aprovechado que le ha caído en desgracia a Letizia Ortiz, han decidido sacarse unas perras violando de un modo, por vergonzoso, inadmisible, su intimidad personal y familiar, a la que tiene derecho todo el mundo.

Vayamos ahora con el asunto de la legitimidad, lo que traerá a cuento esa cuestión del baloncesto que, quizá, haya causado la sorpresa del lector. Para jugar a ese deporte no es necesario tener una notable inteligencia táctica y una gran rapidez y habilidad, siempre que se posea una estatura formidable: era el caso de Romay. Corbalán, por el contrario, era bajito (es un decir), pero tenía todo aquello de lo que nuestro paisano carecía. Cuando un jugador de baloncesto es capaz de combinar ambas cosas surgen los Larry Bird y los Magic Johnson.

Al no ser elegidos por nadie, los monarcas carecen por definición de legitimidad de origen (estatura) y por eso su legitimidad, que tiene que ser de ejercicio (capacidad de juego), han de ganarla día a día con inteligencia, prudencia y buen hacer. Con los políticos ocurre lo contrario: su gran legitimidad de origen, derivada de su elección democrática, les permite aguantar la impopularidad, pues esa impopularidad solo en casos extremos llega a anular la legitimidad de origen de quien se la ha ganado en elecciones. Los políticos pueden reunir ambas legitimidades y casos ha habido a lo largo de la historia. Pero los reyes solo pueden aspirar a ganarse con sus actos lo que no tienen por su origen. De que lo consigan o no depende su futuro y el de sus respectivas monarquías.