Copio un fragmento del más célebre de los textos de Sartre: «Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la náusea?». Podría iterar muchos párrafos de esta novela que, si se publicase ahora, resultaría tan interesante como en 1938. Todo parece absurdo. Y, aún así, pocos parecen percibirlo. Lo más insólito de esta crisis dantesca (el adjetivo resulta propicio) es que los verdaderos culpables son los que menos la pagan. Aquí, si un ciudadano honesto comete un mínimo error, es perseguido hasta la extenuación. Ese mismo ciudadano puede contemplar cómo unos robaron y especularon a espuertas. Otros se llevaban el dinero a Suiza y después nos otorgaban lecciones de patriotismo; ora en versión castrense metropolitana, ora en glosa nacionalista (los Pujol y sus millones). Tardaré años en comprender cómo Bárcenas pudo ser gerente del PP y años en asimilar cómo es posible que el nacionalismo catalán, y sus acólitos, oculten la verdad entre banderas de independencia. La náusea prevalece. Y más cuando leemos que empresas de un narcotraficante, en Galicia, reciben subvenciones de unos y otros. Solo siento asco. Una enorme repugnancia, como si las tripas fuesen cañerías. Si eres honesto, estás perdido. En esta tierra de pícaros son los pícaros (por no llamarles miserables) quienes vencen. No puedo describirlo. Es como la náusea.