Cuando la política es la guerra

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

12 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Dicen algunos sociólogos que el hecho de que los ciudadanos no sigan los debates parlamentarios que se emiten por los medios de comunicación es un síntoma inequívoco de desinterés por la política y, por tanto, de falta de cultura democrática.

Cualquiera que tuviera estómago para seguir (sufrir, sería el verbo exacto) el lamentable espectáculo que se produjo en la Cámara gallega tras la comparecencia de Feijoo para dar cuenta de sus relaciones con Dorado no entenderá tal tesis y pensará -acertadamente, añado yo- que la mejor forma de que el público no considere la política democrática algo abominable es que se abstenga de ver cómo aquella es arrasada por una guerra en la que todo vale con tal de ganar espacio electoral al enemigo.

Al enemigo, digo bien, pues quien afirma de sus compañeros de escaño muchas de las cosas lacerantes que el miércoles pudieron escucharse en el pazo de O Hórreo deja claro que no tiene al competidor por adversario sino por un enemigo al que hay que sacarse de delante por todos los medios disponibles.

Acusar a Feijoo, sin una sola prueba, no solo de complicidad con el narcotráfico, sino de tener responsabilidad, más o menos directa, en las muertes que el consumo de drogas ha provocado durante años en Galicia es una obscenidad. Como lo es calificar a quienes no piensan como uno, aunque representen a muchísimos más votantes de los que uno representa, de fascistas o de herederos directos del franquismo. Los gestos de desprecio y aun de odio, las palabras de una dureza ofensiva, las acusaciones descabelladas o la impúdica revelación de informaciones obtenidas en conversaciones privadas de carácter institucional superan con mucho lo que es compatible con una política que quiere ser democrática y estar firmemente alejada del guerracivilismo.

Porque, del mismo modo que sostenía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios (con la intención de someter la guerra a la política y no a la inversa, como erradamente suele sostenerse), es necesario proclamar ante jornadas luctuosas, como la vivida antes de ayer, que la política democrática es la continuación de la política por otros medios.

La política democrática parte de admitir que las discrepancias enriquecen el debate entre adversarios que, pese a serlo, comparten reglas básicas (entre ellas, la del juego limpio) y valores esenciales, como el del pluralismo. La política democrática exige no solo esa complicidad sobre reglas y valores, sino incluso cierta simpatía por quienes se enfrentan con uno en buena lid. Cuando todo eso desaparece y solo quedan los malos sentimientos y las malas intenciones, la política democrática ha perecido sustituida por un conflicto incivil que en no pocas ocasiones ha sido la antesala de una guerra de verdad.