Después de once días de broncas y especulaciones, a causa de las fotos «sin sustancia» que la oposición utilizó con ribetes de «verdadera infamia», y sin más fundamento que un posado inocente realizado en cualquier sitio, hace veinte años y sabe Dios con quién, lo único que me quedó claro es que en algún lugar de algún país, y en fecha no identificada, «había nieve». Y por eso me pregunto: ¿hacía falta tanto escándalo y tanta trifulca para desviar la vista de la penosa actualidad que padecemos y dejar constancia de tan magra conclusión?
La respuesta es no, por supuesto. Y la culpa la tienen per modum unius -que significa «como si todos fuesen lo mismo»- la oposición, que no sabe acosar eficazmente, ni preguntar, ni dejar claro dónde está el intríngulis del problema, y el Gobierno, que, tanto en la forma personal de Feijoo como en el grupo de diputados y comunicadores del PP que acudieron a auxiliarlo, no supieron o no quisieron atajar el peligroso veneno que traían las imágenes, y que, al convertir sus comparecencias en un «díxome, díxome» de infantiles negativas y en un intento indecente de censurar a la oposición, fueron sembrando la historia de absurdas contradicciones, pegadizas insidias e infantiles disculpas.
Dicho lo cual, me comprenderán ustedes si les confieso que me da un poco de vergüenza y mucha pereza escribir sobre estas parvadas que, teniendo en realidad tan poca sustancia, como dijo el presidente, acaban generando tan pésimas sensaciones. Y casi puedo jurarles que en modo alguno habría gastado un precioso papel para escribir esto si no se diesen dos circunstancias relevantes: que quien define la actualidad es el lector, y no yo; y que al ver esta historia se me vino a la cabeza un poema que escribió Pilar García en 1945, que yo cantaba en la escuela de Forcarei de manera obligada, y que, si hasta ayer no entendí, ahora me cae cuspidiño.
Siguiendo la narración de la falangista García Noreña, resulta probado que los protagonistas de la foto sin sustancia se fueron a un lugar desconocido, entre Andorra y Santander, donde había -«Montañas nevadas»- mucha nieve. Se alojaron en un hotel muy agradable que -«banderas al viento»- estaba señalado por muchos mástiles. Pero Feijoo tiene la conciencia limpia -«el alma tranquila»-, y saldrá de esta -«yo sabré vencer»- como hacen los buenos en todas las historias.
¿Y qué tiene de ventaja adivinar que este triste episodio estaba prefigurado en «Montañas nevadas»? Pues que gracias a eso, y a la profética poesía de doña Pilar, ya podemos saber qué va a hacer Feijoo a partir de ahora: «Renovando y construyendo, / forjaré la nueva historia; / de la entraña del pasado / nace mi Revolución». Y es que no hay nada como saber hermenéutica, y gustar de la poesía marcial, para ser buen politólogo y ponerlo todo en su sitio.