Una monarquía alejada del pueblo

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Casi sin darnos cuenta, y sobre todo sin que parezcan darse cuenta el rey, su familia y su corte de asesores, en España hemos pasado de debatir sobre la abdicación de don Juan Carlos a discutir directamente sobre la conveniencia de acabar con la monarquía. Y mientras en la calle se habla ya de estas cosas con naturalidad, el Gobierno y la Casa del Rey siguen en la inopia y nos venden como un acontecimiento histórico y una gran concesión de transparencia el hecho de que se vayan a publicar los gastos de los viajes oficiales del monarca. Dejando claro, eso sí, que las cuentas de la Casa del Rey no las auditará nunca el Tribunal de Cuentas, sino un empleado de la casa.

La espiral de descrédito de la monarquía parece no tener fin. Y no existe ya un solo miembro de la familia real sobre el que no se haya publicado una noticia escandalosa en los últimos años. Si se tiene en cuenta que hasta hace muy poco en España el mero hecho de cuestionar cualquier actuación del rey o sus parientes bastaba para convertirse en un apestado periodístico y un paria social, habrá que convenir que no se trata ya solo de que la monarquía haya dejado de ser intocable, sino de que, si el rey no abdica pronto y su sucesor no imprime un giro radical al gobierno y los usos de la institución, la Corona camina decidida hacia su autodestrucción.

Lo que cualquier asesor debería recomendar a don Juan Carlos si pretende recuperar no ya su imagen, muy dañada tras haber dilapidado el crédito que supuso su apuesta por la democracia, sino la de la monarquía, es que acuda allí donde viven los que están sufriendo. Que se persone junto a su familia un día sí y otro también en los comedores sociales, en las poblaciones más castigadas por la miseria y el paro o en los abarrotados pasillos de los hospitales públicos. Que se muestre cercano al pueblo no por su inveterada campechanía, sino por sus actos. Y no que emprenda inútiles campañas de imagen a base de entrevistas edulcoradas con periodistas de cámara o que pida perdón con gesto compungido mientras todo sigue igual.

¿Es tan difícil comprender que lo que desearían los ciudadanos en un momento en el que se ven obligados a realizar sacrificios dramáticos es ver al rey junto a los que padecen, solidarizándose con los más castigados y exigiendo al Gobierno que cuide de los más desprotegidos, en lugar de preocupándose solo por su situación personal y la de su familia? Resulta escandaloso, por ejemplo, que en lugar de censurar el comportamiento de su hija y de su yerno en el caso Nóos, la Casa del Rey convierta al monarca en una parte del proceso presionando al juez al declarar su «sorpresa» por su intención de imputar a la infanta. El rey debe comprender cuanto antes que ha dejado de ser un protegido y que debe ser él quien se ocupe de proteger a los ciudadanos.