Solo en una España en la que gran parte de nuestros gobernantes centrales, locales y autonómicos se comportaban como nuevos ricos de comedia es concebible que nadie viese desde el poder lo que era transparente para cualquier persona razonable: que el fantasioso proyecto de la Ciudad de la Cultura iba a terminar en un fiasco económico, político y cultural de inmensas proporciones.
Para demostrar la envergadura del desastre económico bastará con recordar que la construcción de los edificios levantados en la ladera del monte Gaiás alcanza la escalofriante cifra de 288 millones de euros, una cantidad que se convierte sencillamente en pavorosa si esos euros se traducen a pesetas: cerca de 50.000 millones de nuestra antigua moneda se ha merendado una obra tan faraónica como inútil en un país en el que no hay un solo ámbito social (sanidad, educación, cultura o infraestructuras) en el que no existan carencias manifiestas.
Políticamente, el fiasco es similar, pues dos de las tres fuerzas que votaron el martes en el Parlamento gallego a favor de la paralización definitiva de las obras (el PP y el BNG), más otra que incomprensiblemente optó por la abstención (un PSdeG cuya dirección, al parecer, ya no es capaz de tomar postura sobre nada), son directamente responsables del desatino, aunque en grado diferente: el PP lo es, claro, mucho más que los dos partidos que sostuvieron a la Xunta de Touriño, quien, como antes Fraga, cayó enseguida cautivado por la supuesta magia del proyecto.
En el plano cultural, la construcción y el gasto disparatado de mantenimiento de la Ciudad de la Cultura se han comido recursos que hubieran podido dedicarse a objetos de mayor utilidad. Lo que equivale a decir que a cualquier objeto razonable, pues la mole del Gaiás como contenedor cultural tiene una peculiaridad alucinante: que se levantó sin fin concreto, de modo que ahora la obsesión de las autoridades es buscar ¡qué hacer en ella!
El desaguisado resulta tan evidente que parece mentira la llamativa soledad con que este diario, más su radio y su televisión, hubieron de asumir, como en otros casos similares (la denuncia del callejón sin salida al que su directiva llevaba al Deportivo), el coste de insistir sin desmayo en la intolerable magnitud del disparate. Un coste que se produjo en medio de una incomprensión (cuando no una agresividad) política muy amplia, que La Voz y su editor debieron pagar por defender lo que casi nadie pone ya hoy seriamente en entredicho: que la Ciudad de la Cultura era una manifestación sobresaliente de la irresponsable frivolidad que domina en ocasiones a quienes ejercen el poder, gentes convencidas con demasiada frecuencia de que mandar le otorga a quien lo hace automáticamente la razón. Lo que -para muestra un Gaiás-, obviamente, no es verdad.