ETA, otra vez


Es como aquel cuento inmenso que Augusto Monterroso condensó en una sola frase. «Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Algo así sucede con ETA. En medio de la pesadilla de la crisis, la serpiente asoma la cabeza para preguntar: ¿qué hay de lo mío? Y amenaza. Dice que la expulsión de Oslo de sus negociadores puede traer «consecuencias negativas». Ahora mismo la prioridad mundial, sin duda, es darle una salida digna a una banda terrorista que se niega al desarme y a la disolución. Vuelven las viejas cantinelas sobre guerreros condenados a sufrir en el exilio. Mitifica, que algo queda. Pero Bidart, ese pueblo con playa de postal en el que cayó la cúpula etarra, no se parece en nada a los campamentos de Tinduf. En Francia el euskera no es lengua oficial. Y, por mucho tiempo que pase, los asesinatos siguen siendo asesinatos, aunque en este tipo de procesos siempre se traguen sapos, como sucedió en Irlanda del Norte con la matanza de Omagh. Si se hubiera ganado un lugar en las listas de espera, habría que decirle a ETA que respirase hondo y se pusiera a la cola de todas las necesidades. Por detrás de los miles y miles de exiliados económicos y laborales. Los que nunca amenazaron con más consecuencias negativas que la propia frustración, los que pagan la factura sin cobrar impuestos revolucionarios. Contaba Monterroso en otro de sus pequeños relatos que hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio, pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho. Lástima que a algún dinosaurio le falte la perspicacia del rayo.

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ETA, otra vez