Sorprendido miraba una fotografía en este diario en la que aparecía una mujer frente a una puerta. Era de la Galicia profunda y señalaba con su mano la sujeción de la puerta con restos del fuselaje de un avión de la Segunda Guerra Mundial que cayó abatido en su aldea. Los restos fueron recuperados para nutrir el archivo gráfico de la chapuza nacional gallega. La fotografía, que más parecía de un muestrario antropológico de una tribu recóndita, estaba realizada ahora mismo y el único destello de modernidad retratado era una bata de boatiné que vestía la paisana, que sin duda procedía de un fondo de armario de los antecedentes industriales de Zara, cuando Amancio Ortega llenó de batas de casa la Galicia campesina.
Una vez más, la imagen de una Galicia que yo creía inexistente y con la que me topo con reiterada frecuencia. Seguí leyendo y descubro que ya en algunas cosas estamos al mismo nivel que los norteamericanos, en los tornados, sin ir más lejos, como declara el meteorólogo Francisco García. Tenemos tornados por tierra, mar y aire, en el interior y en la costa, como si fuéramos Nebraska o California.
Aunque los peligrosos no son esos fenómenos naturales con forma de cono que levantan tejados de uralita, árboles, animales y personas y los engullen en una espiral que parece no tener fin. Los más dramáticos son los tornados económicos, los financieros, los que originan el crecimiento imparable del desempleo, la insolencia de una clase empresarial de aluvión incapaz de consolidar desde una óptica moderna su oficio. El tornado que ha desmantelado paulatinamente el sector naval, el de las preferentes que asoló el ahorro popular de miles de gallegos indefensos ante la voracidad de «a nosa banca, as nosas caixas» los tornados que han envuelto en aire al sector lácteo y herido de muerte al ganadero donde ya no compensa mantener las granjas que producen leche o crían terneros, el extraño fenómeno que más que tornado tiene todo el aspecto de un tsunami que parece arrasar, que amenaza con desmontar una de las empresas punteras, orgullo de todos los gallegos, como Pescanova.
Galicia impávida mira al cielo por ver si el horizonte se enreda en madejas de viento que se llevan nuestra industria y nuestra esperanza, que van mordiendo sector a sector, ora el conservero que cada día cierra una fábrica, ora las pequeñas industrias textiles que crecieron briosas hace un par de décadas hasta languidecer.
La otra Galicia, la retratada a la puerta de un chamizo, también mira al cielo por si cae un avión aprovechable o el maná nutricio. Quién sabe, a lo peor es solo un tornado peregrino de esos que van y vienen por el país.