El negocio de algunos

Pablo Mosquera
Pablo Mosquera EN ROMÁN PALADINO

OPINIÓN

Me pueden echar en cara que nadie me obligó a enfrentarme a los postulados de la construcción nacional en Euskadi. Nadie me pidió que defendiera la dignidad de ser y actuar como español entre lo que el nacionalismo consideraba «derechos de Euskal Herría». ¿Cómo me atreví, siendo gallego, a participar activamente en el contencioso del denominado pueblo vasco con el Estado español?

Ni era policía o guardia civil, ni estaba destinado en instalaciones militares de la comunidad autónoma vasca o Navarra. ¿Entonces, qué pintaba yo en toda aquella guerra sucia, en la que siempre mataban los mismos y siempre morían los mismos?

Y, sin embargo, estuve doce años viviendo como un perro acosado. No había comando de ETA que no me tuviera entre sus objetivos para asesinarme. Lo único que cambió con el tiempo fue que cuanta más era mi capacidad para defenderme, más complicado lo tenían para realizar la ekintza (acción).

Afirmo que desde 1990 hasta el 2002, en que voluntariamente y harto de estar harto abandoné toda actividad política en suelo vasco, y me vine a mi Galicia natal y cultural, nunca pedí o me ofrecieron dinero para mejorar mis condiciones de vida o las de mi familia. Mi defensa contra el terrorismo se basaba en tres elementos: mentalización para la autodefensa, escoltas profesionales que marcaban los espacios -muy reducidos- de vida, y convencimiento de que si se lo ponía difícil, eran tan cobardes que no podrían acercarse lo suficiente para intentarlo.

Mi casa en Vitoria no tenía medidas especiales de seguridad. Mi coche necesitaba ser revisado cuando lo iba a usar, para descartar bombas lapa. Mis hijos terminaron por abandonar Euskadi y dejar de sufrir acosos de toda índole por culpa de la actividad política de su padre. Mucha gente se cruzaba de acera cuando tenía que pasar a mi lado, no fueran a incluirlos en el paquete.

Tenía que seguir adelante. Se trataba de instaurar la democracia en Euskadi, frente a la doctrina de unos y la guerra de otros, donde ser español era insulto que justificaba la amenaza o la ejecución, si no te ibas o te disfrazabas de superviviente.

Y ahora resulta que al número dos del PSOE le dieron 170.000 euros para que adecuara su casa a la seguridad frente a ETA. ¡Qué poca vergüenza!