De las normas reguladoras del cónclave, dos son las que han permanecido inalterables a lo largo del tiempo. La primera es la que hace referencia a la circunstancia de permanecer encerrados los cardenales durante todo el tiempo de su duración. La segunda es la que establece el requisito de obtener una mayoría altamente cualificada para poder ser elegido papa, que casi siempre ha sido la de dos tercios de los cardenales presentes, como en la actualidad.
Antiguamente se admitían dos fórmulas, hoy derogadas, que eran la de la aclamación o proclamación unánime a viva voz, y la del compromiso, que surgía excepcionalmente cuando, ante una situación de bloqueo o empate permanente, los cardenales decidían delegar su voto en una comisión reducida a la que encomendaban la elección del pontífice.
La actualmente en vigor es la del escrutinio mediante voto secreto emitido por papeleta, requiriéndose una mayoría de dos tercios. Este resultado concede al papa elegido un plus de legitimidad y le aporta una autoridad incuestionable al gozar de un apoyo mayoritario de la Iglesia universal, representada por los cardenales. Lograr ese resultado implica un ejercicio de responsabilidad, generosidad y diálogo por parte de los electores, además de representar un ejemplo de sentido democrático al converger los votos en la búsqueda de una mayoría que anteponga los intereses generales a cualquier consideración particular.
Es, además, una medida prudente que impide el riego de la aparición del mayor mal que ha azotado la historia de la Iglesia: el cisma. Una mayoría simple por un solo voto de diferencia minaría la autoridad del papa elegido y el candidato derrotado se sentiría legitimado para erigirse en alternativa contestataria a las decisiones pontificias. Podríamos hablar de dos iglesias y la amenaza del cisma estaría servida.
Así sucedió en los concilios que permitieron la aparición de herejías como el arrianismo o los albigenses, en los cismas de las iglesias ortodoxas o en el de Lutero, fruto de situaciones de debilidad del papado.
Todos los cardenales electores gozan de los mismos derechos. Pero hay un número reducido de cardenales a los que, por razones de prestigio, autoridad o experiencia se les reconoce un papel de intermediarios para establecer cauces de diálogo o incluso de negociación a fin de ir buscando un consenso mayoritario. Son los llamados grandes electores, que además de las razones aducidas, bien por causas geográficas de origen, bien por su condición de presidentes de conferencias episcopales nacionales, pueden aglutinar y representar a un grupo de cardenales.
Excepcionalmente puede surgir la figura del llamado Kingmaker, el «hacedor de reyes», que, gozando de un prestigio altamente reconocido y ante la persistencia de una minoría que bloquee la posibilidad de una mayoría, impulse un nuevo candidato que finalmente resulte elegido. Se decía en Roma que ese papel lo jugó el cardenal de Viena Franz Koënig en el cónclave de 1978, proponiendo la candidatura del polaco Wojtyla, luego elegido como Juan Pablo II.