Los fuertes abajo, los débiles arriba. La máxima que tomaba forma en la pirámide humana integrada por jóvenes artistas dio la vuelta al mundo con el circo de Los Muchachos, la imagen más conocida del proyecto que en 1956 puso en marcha un cura joven con una moto.
Se trataba de proporcionar albergue y, sobre todo, educación a niños en riesgo de exclusión social. En plena dictadura, Benposta se constituyó como una isla democrática que elegía a sus alcaldes.
El modelo fue estudiado en tesis doctorales y Los Muchachos, con el padre Silva al frente, llegaron a ser recibidos en la ONU. Benposta se extendió por varios países y el sueño del cura se hizo realidad durante varias décadas hasta que vivió un triste ocaso en el que incluso se vio empañada la imagen de su fundador.
La Nación de Muchachos nació cuando conceptos como democracia o justicia tenían aquí carácter de utopía y declinó -¿casualidad?- cuando fuera de sus muros las utopías fueron cediendo su sitio a la simple lucha por el poder, los ideales se supeditaron al logro de un cargo y la democracia empezó a ceder terreno en favor de unos mercados dejados a su libre albedrío.
Los intentos de recuperar los principios fundacionales de Benposta adaptados a una nueva época que se están registrando ahora coinciden con múltiples iniciativas que ponen en cuestión estructuras políticas anquilosadas. Puede ser mera coincidencia, pero también señales de una ciudadanía insatisfecha y decepcionada, pero que no se rinde y busca en fórmulas basadas en valores puntos de apoyo para impulsar la regeneración de nuestras resquebrajadas instituciones.