La secretaria general del PP ha hecho el mayor ridículo de su carrera política. Su explicación del supuesto despido de Bárcenas en el 2010 entraría en la antología del humor, junto a la parte contratante de la primera parte del genial Groucho o a las escenas más hilarantes de Cantinflas, si no hubiera pretendido ser seria. En este caso fue más bien una tomadura de pelo en toda regla a los ciudadanos y una ofensa al sentido común. «Una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación... simulación o lo que hubiera sido en diferido en partes de una... lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social», dijo entre balbuceos. Por un momento la aparente seguridad de esta dama de hierro, dura como el pedernal con sus adversarios políticos, ya sean sus competidores dentro del partido o los socialistas, se derrumbó. Su maquiavélico y peligroso enemigo la ha puesto contra las cuerdas y ha arruinado su credibilidad. El ya más que presunto delincuente está ganando claramente la partida a la número dos del partido que sustenta al Gobierno, lo que es una muy mala noticia para una democracia que padece una crisis económica, institucional, política y territorial gravísima. De Cospedal es incapaz de salir del laberinto en el que la ha metido el extesorero, no puede explicar con el mínimo rigor exigible por qué siguió cobrando hasta enero de este año 21.000 euros al mes con pagos de IRPF y Seguridad Social incluidos. No enseña el supuesto finiquito. Mientras, Rajoy guarda silencio. Pensará que es mejor callar que hacer el papelón de su secretaria general. Otra cosa sería decir la verdad y dar explicaciones creíbles de una vez.