Europa no puede existir sin Italia. Lo mismo que sin España. Así, las elecciones italianas influyen en nuestro país y se proyectan sobre el futuro de la Unión. Italia y España se necesitan para trasladar una política común en las instituciones comunitarias. Esta reflexión se ve ensombrecida por el desencanto con la clase política que he percibido en Roma. Gentes de toda formación y ocupación coincidían en un sentimiento de desesperanza.
La fragmentación partidista presentaba cuatro coaliciones electorales -que reúnen 28 formaciones- y más de 60 partidos. En este caos existían cuatro opciones con peso electoral. Un ocurrente conversador me las expresó así: debo elegir entre un economista que no sabe de política (Monti), un político que no sabe de economía (Bersani), un empresario que sabe de lo suyo (Berlusconi) y un cómico que sabe criticar a todos (Grillo). Si bien es una versión muy reduccionista, expresaba una conciencia ciudadana en parte generalizada. La Europa institucional apostaba por un Gobierno del Partido Democrático en coalición con Monti. No por su ideología de centroizquierda, sino por la continuidad con las reformas impulsadas desde la Unión. Los resultados son bien diferentes. La tormenta italiana de la ingobernabilidad provocará turbulencia europea. Es una incógnita cómo puede afectar a España.