Cuando uno vive en un país que está a punto de perder una generación entera de jóvenes impresionantemente preparados siente desasosiego e impotencia. Pero, además, cuando en ese país el negocio refugio son los bares (con todo mi respeto para los dueños y trabajadores de estas empresas a las que todos solemos ir todos los días), la sensación de incredulidad, enfado e indignación se acrecienta. Si esta tierra reduce su futuro a que el personal vaya de tazas, se tome un café o una tapa es por culpa de la clase política que ha cerrado a cal y canto y -¡ojo!- sin tener ningún tipo de repuesto, el sector de la construcción, el único que da empleo a una mano de obra masiva (tanto cualificada como sin cualificar). España pivota del andamio al bar. Porque el I+D aquí no existe.