Leo en La Voz que la Xunta pretende fomentar contratos con formación para jóvenes en paro a través de incentivos empresariales. Impulsa así la figura del aprendiz. Celebro este acertado rescate que tan buenos resultados puede dar si cumple con su esencia: el verdadero aprendizaje. Durante siglos las profesiones, manuales y también intelectuales, requerían un período de formación en la que un profesional, maestro en el oficio, se esforzaba por enseñar a quien se iniciaba en su ejercicio. El Diccionario de la RAE define maestro como «persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo». Lo importante, pues, es la eficaz y real acción formativa. Y es que en el adiestramiento de un aprendiz, al igual que en la docencia, se debe exigir resultados. Por ello, el maestro o el profesor no ha enseñado hasta que el aprendiz o el alumno no ha aprendido. ¡Bienaventurados los discípulos que tienen maestros y bienaventurados los maestros en los saberes y quehaceres de sus discípulos! Por ello, si bien me parece oportuno ofrecer cursos de formación obligatoria como complemento en estos contratos, considero que debería impedirse que con ellos se utilice mano de obra barata, para realizar solo tareas repetitivas en las que nada se aprende. El contrato, pues, no debe ser solo con formación sino también de formación.