La mitad del invierno

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

En la cartografía general del tiempo hay un gozne, una bisagra, que parte en dos el invierno. Hoy es el día en que ya ha transcurrido la primera mitad. Está escrito en esa hora de luz vespertina que presagia la llegada de la primavera, hoy es la Candelaria, en cierto modo la segunda fiesta de la luz, las candelas, el inicio de las lupercales romanas, la fiesta católica de la Presentación del Señor, los días de la siembra en las altas tierras del Perú o en los llanos mexicanos. Que el invierno inicie su cuesta abajo es siempre una buena noticia, aunque todavía falten las nevadas de febrero y los fríos de cuando marzo se inaugure.

En la memoria popular de los días y los afanes, la Candelaria tiene un prestigio tradicional cantado en coplas y jaleado en refranes quizás desde el siglo XV, que fijó en el idioma sentencias que han recorrido los siglos.

Hay otro invierno incesante, la glaciación de las prácticas corruptas, la picaresca contemporánea que de nuevo se ha instalado en los despachos del poder político, para escándalo de las nuevas generaciones de españoles y alarma en las cancillerías y sorpresa en los Gobiernos de los países vecinos que vuelven a sostener, como reflejan los mercados financieros, que no tenemos remedio.

No voy a ser yo quien, semana a semana, emponzoñe la herida con hiel y vinagre, catalogando las carencias de la gestión pública, o denunciando somera pero firmemente los agujeros desde donde se ven las cloacas del poder. No voy a pedir, acaso por lo estéril de mi solicitud, un plan de regeneración política y social, un nuevo discurso que afiance la democracia y no nos lleve a una irremediable y estúpida partidocracia.

Ni a efectuar el recuento del «todos son/somos iguales» que arranca de los umbrales de la transición hasta el presente más inmediato. Son tantos y tantos los ejemplos corruptos del poder y sus cercanías que los escándalos ya no caben en la memoria.

La ciudadanía esta hastiada, agobiada, harta, y desde esa suerte de anestesia que sufrimos los españoles ya no nos quedan palabras para la denuncia. Vivimos en la más insólita de las resignaciones, en una era geológica dos caladiños que merma capacidad crítica, y hurta todos los mecanismos de autodefensa frente a las agresiones, tan frecuentes como intensas, del poder.

Pero hoy celebramos la luz, y también en alguna medida, los taquígrafos que dan cuenta de las tropelías que antes se ocultaban. Hoy una mitad del invierno ha concluido, ojalá lo que falta sea venturosa, y de nuevo la verdad prevalezca. Ojalá.