Comienzos, finales

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

30 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa. Así comienza Orgullo y prejuicio. Comienza, que no comenzaba. Porque la vida de un libro no concluye nunca. Cada lector es un compendio de todas las estaciones, una nueva primavera en la que florecer y un invierno en el que morir (o en el que matar si el texto no es digerible). La novela más conocida de Jane Austin acaba de cumplir doscientos años. El aniversario ha servido para repescar el anzuelo de este clásico. Y también para recordar otros arranques memorables, esos hilos de palabras que invitan a tirar para desenredar todo el ovillo. El periódico The Telegraph, fiel a la costumbre anglosajona de las listas, elaboró su propio ránking, presidido precisamente por Orgullo y prejuicio. En este Olimpo, Peter Pan seduce a Lolita. El monstruoso insecto de La metamorfosis vence a la ballena blanca de Moby Dick con un simple despertar. Y El guardián entre el centeno no sucumbe a los encantos de El gran Gastby. Entre todos esos primeros bocados, esos primeros sorbos de cerveza, hay uno que amarga y conmueve por derramar el pasado sobre el presente. «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos derechos al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto». Podría ser del siglo XVIII. Podría ser hoy. Historia de dos ciudades. Charles Dickens.