El duque

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

Hay quien supone que esa distorsión de la legalidad aceptada por todos que viene a ser la monarquía ha de ser una recopilación de virtudes varias acaudilladas por la sofisticación. Si estos señores disfrutan de una morrocotuda excepción constitucional en algo se les tendrá que notar. Aunque la historia de reyes y validos sea un vigoroso repertorio de barbaridades y zafiedades, nuestra generosidad ciudadana, que concede privilegios y fortunas a un grupo de señores por el racional sistema de la selección genital, necesita que estén a la altura del gesto colectivo que ha supuesto consentir y tolerar una anormalidad que ni siquiera se sustenta en la continuidad histórica. La triste realidad es que ese contrato entre ciudadanos y monarquía ha funcionado muchas veces gracias a la ingenuidad colectiva que, a falta de mejores virtudes, sacralizó la campechanía, se conformó con ella y evitó hacer preguntas comprometidas sobre clamorosos silencios y llamativas tardanzas. El episodio del duque em-palma-do es zafio, cateto y chabacano; constata que además de un mangante Urdangarin es un patán, lo que para muchos ha sido peor que sus lamentables prestidigitaciones contables, como si fuera en la nómina de sus privilegios enriquecerse a costa de todos pero no comportarse como un garrulo iletrado que hace chistes con el tamaño ocasional de su miembro. La pregunta que debemos hacernos es si Urdangarin es una cochambrosa excepción o la manifestación más desacomplejada de una casta que además de regalías y prebendas ha vivido impune a la crítica, protegida por un mantón de silencio y ocultación que nos ha impedido saber cómo eran en realidad estos señores y qué pasaba en las mazmorras de palacio.