Sanidad: se están pasando


La diferencia es esta: si yo veo un servicio de urgencias médicas cerca de casa, tengo menos miedo a que me vuelva el infarto. Así me lo enseñaron los médicos: han pasado años diciéndome que lo único eficaz contra el infarto es llegar pronto al hospital. Si, en cambio, ese servicio de urgencias es descubierto por un administrativo de los que ahora se llevan, mirará cuántos enfermos fueron atendidos en el último año, pasará por alto si se ha salvado alguna vida y decidirá administrativamente: en Castilla-La Mancha, con el cierre. En otras regiones, ya veremos, y en Galicia dice el Sergas que cerrará alguno de esos centros si es ineficiente. Así lo manda la nueva religión del ahorro y la austeridad. Y así se explica el cabreo ciudadano y el permanente revuelo de la clase sanitaria.

Hay, por lo visto, una segunda diferencia: la distancia y el tiempo, que no son lo mismo para un gobernante que para un contribuyente. Según la presidenta Dolores de Cospedal, desde cualquiera de los pueblos con el servicio suprimido se tarda en llegar al hospital un cuarto de hora de nada. Según los vecinos de esos pueblos, se tarda entre 45 minutos y una hora. Como no creo que las curvas se hagan rectas cuando pasan la presidenta y los consejeros, propongo que se analice esa diferencia en el mismo recorrido. Es un misterio que tendrá que aclarar alguna comisión de investigación parlamentaria de las Cortes regionales. Trabajos peores habrán hecho.

Al final va a tener razón el ministro portugués del ramo: nuestros vecinos del sur harán muy bien en no ponerse enfermos. De hecho, en Cataluña, cuando estaba en vigor el euro por receta, la gente enfermó menos, y se recetaron un 14 % menos de medicamentos. Hoy volverá a enfermar la gente, porque desde anoche ya no tiene que pagar. La relación entre dinero de coste y estado de salud es algo que tienen que investigar los sociólogos o los psiquiatras. Y el estudio estará vigente hasta que fallezca la primera persona que tardó mucho en llegar al hospital.

Discúlpenme estas frivolidades para asunto tan serio. Trato de entender a los gobernantes que tienen que adoptar esas difíciles decisiones. Todos han llegado a sus puestos con la ilusión de inaugurar muchos servicios de urgencias, no de cerrarlos. Tienen que sufrir cuando los números y sus superiores les fuerzan a dar una orden así. Pero ha llegado el momento de debatir si se están pasando. La sanidad está pagando un precio demasiado alto en los ajustes. Empezamos a tener la sensación de que se nos desbaratan entre las manos muchos progresos que tanto nos ha costado conseguir. Y, cuando no lo pagan los más indefensos, lo pagan los pueblos, que también lo son.

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