La declaración de independencia de la India, por una parte, y de Pakistán y Pakistán del Norte, ahora Bangladés, en 1947, fue el resultado de la lucha de la población musulmana que no deseaba ser gobernada por los que ellos consideraban infieles hindúes. Desde entonces, la India, pese a las dificultades inherentes a un territorio tan amplio, con una densidad demográfica tan inmensa y una variedad étnica tan grande, se ha erigido como una de las potencias económicas emergentes del mundo, mientras Pakistán, tras la marcha forzada del general Musharraf en el 2008, se ha ido hundiendo en una mayor crisis económica y social.
El actual Gobierno pakistaní ha sido incapaz de hacer frente al creciente poder de islamistas y talibanes, quienes, además de plantear graves problemas de seguridad en las provincias fronterizas con Afganistán, han propiciado un asfixiante clima de violencia contra las mujeres. El atentado de hace tres meses contra la adolescente Malala Yusufzai o la violación de una niña de 9 años por tres hombres son solo la punta del iceberg de un problema que está consiguiendo lo que las leyes y la deficiente seguridad del país no han logrado: que la población, al igual que en la India, se haya levantando exigiendo más protección y más derechos para las mujeres.