Mientras el nuevo año nacía con euforia en los mercados gracias al pacto fiscal in extremis de Estados Unidos, un hombre de 57 años decidía quemarse a lo bonzo en Málaga porque no tenía dinero ni para comer. Su estado es crítico, con quemaduras de tercer grado en el 80 % de su cuerpo. ¿Qué puede llevar a un ser humano a infligirse un daño tan horrible? ¿Cuánta desesperación acumulada hay detrás de un acto así? Siempre recuerdo al estudiante checo Jan Palach, que se prendió fuego en 1969 como protesta contra la invasión de su país por las tropas del Pacto de Varsovia, que aplastaron la Primavera de Praga. Su muerte fue un sacrificio político y patriótico. Más recientemente, la autoinmolación del joven tunecino Mohamed Buazizi, tras serle confiscado su puesto ambulante de frutas y verduras, fue el detonante de la revolución de los jazmines que acabó con la huida del tirano Ben Alí. Hoy día estos aldabonazos aterradores no son propios de dictaduras, sino que tienen lugar en la Europa democrática, en Grecia, Portugal, Italia o España, y son consecuencia directa de los estragos de la crisis. A veces cambia el método. Hace unos meses, un anciano griego de 77 años se quitaba la vida disparándose un tiro en la cabeza ante el Parlamento, porque no quería seguir rebuscando comida en los cubos de basura. En nuestro país varias personas se han suicidado arrojándose al vacío cuando se les venía encima el desahucio. Unos pocos, como Palach o Buazizi, son recordados como héroes, otros quedarán para siempre en el anonimato, pero sus gritos de dolor, rabia y desesperanza deberían golpearnos y ser oídos porque dicen mucho sobre la sociedad enferma que hemos construido.