Es mucho lo que le pediría al 2013. Pero por cuestiones de espacio, me ceñiré tan solo a un aspecto. La urgente renovación de nuestra clase política. No caeré en el tópico de afirmar que todos son unos caraduras. En absoluto. Pero coincidirán conmigo que haberlos haylos y, para no negar lo evidente, más de los que desearíamos.
Al nuevo año le pido que Zapatero pronto sea tan solo el recuerdo de un pretérito imperfecto. Y que Rajoy deje de hacernos la puñeta con sus incomprensibles recortes que imposibilitan el tan necesario consumo. Y que las nuevas camadas de aspirantes a representantes de la cosa pública emulen a aquellos extraordinarios parlamentarios de la transición, y no a la mediocridad que hoy nos gobierna. Que se les exija oficio conocido antes de incluirlos en lista electoral alguna, para evitar tentaciones de perpetuarse en el cargo o de meter el cazo. Que acudan a su escaño a trabajar, y no a jugar a Apalabrados, y que no se les paguen dietas por asistir al trabajo, como no lo hacen con ninguno de ustedes. Y que el próximo presidente del Gobierno hable inglés. También te pido, 2013, que si mi generación no vive para verlo, sí lo haga la de mis hijos.