Tres opciones para NCG

OPINIÓN

A hora que sabemos que NCG Banco es 100 % del Estado, que la Fundación Novacaixagalicia está abocada a la liquidación, que los empresarios que fueron a salvar el invento con 70 millones de euros perdieron su capital, que los de las preferentes van a sufrir quitas importantes, que ya no hay fondos que vengan a refundar el negocio, que ni el PP ni el PSOE tenían la solución, que Zarrías y Mafo no eran el problema, y que el Estado perdió 3.600 millones de euros en el rescate, quizá nos convenga preguntarnos qué se puede hacer con este invento del demonio, sobre el que nadie asume más discurso negativo que el de la pillería de unos cuantos espabilados a los que nadie vio venir. Y a mí se me ocurren tres opciones.

La primera: engolar el discurso y no rectificar nada; no reconocer ningún error de información, de decisión o de estrategia; y seguir diciendo tonterías parecidas a aquellas que apuntaban hacia la creación de la «gran caixa solvente y no bancarizada» que iba a ser pieza esencial en el desarrollo de Galicia. Es cierto que de todo aquello no queda nada, que la aberración de lo sucedido desborda todas las posibilidades de comprensión, y que, al repetir paso por paso la historia de este esperpento (fotografías triunfales, discursos heroicos, auditorías trapalleiras, reformas legales a favor y en contra de Gayoso, luchas Norte-Sur, reparto irracional de sedes y representaciones, amalgama de liderazgos y yuppies transgénicos que se marcharon con la pasta caliente, milagrosos proyectos de recapitalización, lavado de cerebros por medio de una información ilusoria y «tirapalantista», y toda la gama social e ideológica de patriotismo financiero), se nos pone la cara de tontos y la carne de gallina. Pero esta sigue siendo la solución más socorrida en todo lo que tiene que ver con la política y la información económica. Y puede ser la opción que triunfe.

La segunda salida es, aceptando que «se arde a casa hai que quentarse aos cangos», tratar de aprender algo, revisar con crudeza todo el proceso, y jurar, como si estuviésemos en el Medulio, que, al menos como pueblo, no volveremos a hacer el payaso, y que empezaremos a soñar Galicia, aunque parezca una contradicción, desde la economía real. Esta es la mejor solución, pero precisa contar con la autocrítica de los políticos, las organizaciones empresariales y sindicales, los expertos de las finanzas y las universidades, las empresas informativas y las tertulias. Y por eso me temo que no va a ser posible.

Y la tercera, mi preferida, es celebrar un funeral por el invento, pedirle al Señor que pase de nosotros este cáliz, y rebelarnos por principio contra cualquier idea luminosa que trate de mantener vivo el muerto. Y no volver jamás la vista atrás. Porque solo nos falta, como gallegos, quedar convertidos en estatuas de sal.