¡Pequeñeces! ¿Pequeñeces?


Hasta ahora, Pequeñeces era el título de una película española, antigua y cursilona, que dirigió en 1950 Juan de Orduña. Desde ayer, pequeñeces es el término que, según el presidente del Congreso de los Diputados, debemos asociar a los gastos que sus señorías generan con sus viajes.

Dice Jesús Posada que lo importante es saber si se hacen buenas leyes o juzgar si los diputados consensúan los asuntos importantes y que lo otro -lo que cuestan los viajes de los miembros del Congreso o los gastos que con tal motivo se producen- son pequeñeces, es decir, según el Diccionario de la Lengua Española, cosas de poco momento o leve importancia o, incluso, mezquindades o ruindades.

En lo relativo a la importancia de la calidad de las leyes o el consenso no seré yo, desde luego, quien le quite al presidente la razón. Dicho lo cual, no logro entender qué relación puede existir entre ello y que los diputados viajen en primera o hagan gastos difícilmente justificables en un momento en que al país se le están exigiendo esfuerzos titánicos para impulsar la salida de la crisis. De hecho, si la calidad de un servicio dependiera del tipo de sillones en que sientan las posaderas sus directos responsables, habría que llegar a una pavorosa conclusión: que nuestros hospitales o universidades, por ejemplo, son un auténtico desastre, pues la inmensa mayoría de los médicos o profesores españoles viajan en turista cuando lo hacen por razones de trabajo.

La cuestión, por tanto, es otra bien distinta, aunque le cueste trabajo entenderla a quien, como Jesús Posada, lleva ocupando cargos públicos, casi sin interrupción, desde que en 1979 fue nombrado gobernador civil de Huelva. La cuestión es la ejemplaridad que cabe esperar de quienes, desde diferentes posiciones de poder, están exigiendo a nuestra sociedad tantos sacrificios.

Yo sé bien -y me adelanto al argumento- que nuestra crisis de caballo no se resolverá acabando con el despiporre de viajes, comidas, hoteles o coches oficiales que son el pan de cada día de gentes como el presidente del Congreso. Es verdad que limitar esos gastos permitirá hacer economías ridículas si se comparan con los ajustes que tenemos por delante.

Pero esa limitación resulta indispensable como medida de ejemplaridad para una sociedad que pasa por durísimos momentos. Cuando hay más de cinco millones de parados y muchos más millones de trabajadores (del sector público y privado) que han visto rebajados sus salarios, en ocasiones de forma sustancial; y cuando hay que reducir servicios o emplear formas diferentes de copago para mantener su calidad, ver a nuestros parlamentarios nacionales o autonómicos viajando en primera clase es un insulto. Uno de los muchos que, estando como están las cosas, el país no se merece.

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