Según la visión de quien ansía ser primer presidente del Estado catalán, don Artur Mas, hay dos barcos que van hacia la colisión, y «hay que evitarlo». Cualquier observador le podría responder: pues retire usted el suyo, señor Mas, porque es quien lo enfiló hacia el choque catastrófico. Pero está claro que esa no es su intención. Su propósito es mantener la dirección marcada, y para ello le pide al Estado o al Gobierno español que «no ponga rejas» a la escisión que promueve. Su primer gesto sin palabras ha sido elocuente: tapó con un cortinón negro el cuadro del rey de España que preside la sala donde tomaba posesión. ¡Fuera símbolos de España! ¡Fuera el gran símbolo de la unidad! Curiosa forma de pedir que los barcos no colisionen.
Horas más tarde, el rey ocultado decía su mensaje anual a la nación. A una nación que todavía incluye a Cataluña. ¡Qué desigualdad de condiciones en la forma de comunicar! ¡Qué censura tiene que sufrir el monarca al hacer sus discursos! Esa noche tuvo que pasar de las «quimeras» que había mencionado en su famoso blog del soberano cabreo a la referencia sutil, entre líneas, de grandeza solo perceptible cuando es traducida por los medios informativos. Los barcos de la colisión se transforman en sus palabras en una «política que integre lo común para sumar fuerzas, no para dividirlas». Sus limitaciones constitucionales le impiden transmitir su pensamiento real.
Diríase que el rey tiene que escribir sus mensajes con una lima. Limando aristas y palabras. Que no se enfade nadie. Que nadie se irrite. Que nadie se pueda considerar ofendido, ni siquiera criticado, mucho menos marginado por la Corona. Hay que integrar. Hay que unir. Unir, palabra mágica para los tiempos que vienen. Unir, sumar, antónimos de romper, de dividir una nación sometida al oleaje más duro de la reciente historia. El político común, el que agita cada día las páginas de los periódicos, puede agarrarse al micrófono y excitar e incitar a las gentes a las aventuras más insólitas. El jefe del Estado, que es rey de todos, se mueve sobre un finísimo hilo de censura soberana.
La duda es si ese tono y esa rigidez constitucional resultan suficientes ante los enormes desafíos de este tiempo. Temo que no. Sospecho, por ello, que los mensajes reales no son más que la pequeñísima parte visible de su labor de templanza de la vida pública. Y la inquietud se hace alarma cuando unos nacionalistas, los vascos, quieren silenciar incluso las palabras de suprema moderación y otros, los catalanes, tapan su efigie en un acto oficial. En esos momentos es cuando la mayoría social tiene que pensar en serio si 37 años de concordia se pueden tapar, señor Mas, con la vileza de un cortinón.