Una promesa electoral tiene menos valor que una peseta devaluada. Rajoy va camino de batir todos los récords de compromisos de campaña incumplidos. Por culpa de la crisis y de la herencia. Eso es lo que dice. Y Feijoo parece dispuesto a tomar la misma senda con drásticos recortes salariales a los funcionarios, que se conocen solo unas semanas después de las elecciones en las que se hizo bandera de la salud financiera de Galicia.
Por no cumplirse, la palabra no se cumple -en este caso por fortuna- ni para los malos presagios. La empresa pública que gestiona los Paradores de Turismo da marcha atrás y dice ahora que los de Verín y Ferrol no se cerrarán. Eso sí, a cambio de un mayor ajuste salarial. Esta bien la rectificación, pero irrita ver cómo, una vez más, los intereses (y necesidades de Galicia) son utilizados sin miramientos como moneda de cambio en batallas de las que, por lo general, salimos mal parados.
Con todo el acierto y toda la razón del mundo, Feijoo respondía hace unos días a la exigencia de la diputada Yolanda Díaz para que pusiera su cargo a disposición de la Cámara. El presidente replicaba que ya lo había hecho y que el 20 de noviembre los votantes le habían reforzado la mayoría absoluta. Feijoo tiene toda la legitimidad para gobernar y para hacerlo de acuerdo con su criterio. Pero si continuamos devaluando el valor de la promesa y el compromiso adquirido estaremos alimentando el descrédito del sistema. Las exigencia de cumplimento -discutible, por supuesto- de un déficit público ya se conocían hace un mes, y antes. La necesidad sobrevenida está dejando de ser un pretexto válido.