Hay momentos en los que no pasa nada y sucede todo. Ocurre en la vida. En las novelas. Y en el cine. Como ese puñado de planos de Soldados de Salamina en el que un militar canta bajo la lluvia Suspiros de España y baila ante los prisioneros agarrando con galantería su fusil. Entonces desaparecen los prejuiciios, porqueel soldado hace volar la nube de supuestas polillas que podrían asediar la copla. Suspiros de España también suena de fondo en un anuncio televisivo, en ese en el que Fofito recoge el currículum de todos. Es como un hilo suave que va creciendo con las imágenes desde la tristeza hacia el orgullo y la dignidad. Evidentemente, la pieza audiovisual en cuestión es un instrumento para publicitar una marca, para vender. Algunos en las redes sociales se han lanzado a criticar este «mercadeo de emociones» y a los que gustan de él. Salvando las distancias, los artistas han creado grandes obras que en su momento fueron puros trabajos alimenticios, nacidos de la inspiración de uno y del dinero y de los intereses de otros, y eso no merma el talento que destilan. En España no es que nunca llueva a gusto de todos, es que, como en la Fierecilla domada, unos ven la luna donde otros ven el sol. Esa diferencia puede ser una virtud que impida peligrosos rodillos ciudadanos que no debatan ni se cuestionen absolutamente nada. Llevado al extremo también supone un gran defecto. En estos tiempos no viene mal de vez en cuando un retrato conjunto iluminado por un pequeño rayo de luz y espoleado por el «¿cómo están ustedeeees?». Aunque sea un rayo por encargo.