Con más frecuencia de la deseada, se activa la popular expresión española «se armó el Belén», pero en esta ocasión, cuando los belenistas articulaban el ángel anunciador, llenaban de minúsculas piedras el cauce del río y sembraban de musgo y serrín la anual recreación de un pueblo palestino, el papa de Roma decide que los dos animales que con su aliento espantaban el frío de Jesús Niño ya no tienen cabida en la escenificación cristiana de la Natividad del Señor. Yo, que reconozco la autoridad teológica del pontífice, acato pero no comparto el nuevo exilio al que se somete a los dos entrañables aliados del hijo de Dios. Son los mismos que se salvaron del diluvio y que, cuando escampó, ayudaron como todavía ayudan hoy en los países pobres a levantar pueblos y ciudades sobre la tierra. Los bueyes arrastran piedras y troncos, y a lomos de los asnos, de los burros, se transportó todo tipo de impedimenta, de mercaderías y alimentos.
Acaso el papa sea un ecologista converso del sector animalista y decida liberar a la pareja de la explotación histórica a la que están castigados.
Poco, nada, se sabe de lo que sucedió con los dos anónimos compañeros de María, José y el Niño en el portal. Si se quedaron para roturar la tierra con los novísimos arados romanos, tecnología punta, si se murieron de viejos, si fueron vendidos en una feria de ganado de Judea muy concurrida y famosa, si los Magos de Oriente, que ahora parece que procedían de Tartesos en la Bética hispana, los añadieron a su caravana de camellos para hacer el viaje de vuelta, si el Niño les puso nombre y jugó con ellos, si constituyeron el párvulo patrimonio de la familia. Nada. Me gustaría escribir un cuento de Navidad y dedicárselo al asno -en algunas narraciones es una mula- y al buey que no tienen quien los reivindique en una página de un libro por escribir.
Antes de esta nueva lectura apostólica, fue este mismo papa quien anunció la desaparición del limbo. Lo hizo sin darse cuenta de que cada vez más es un territorio para la ubicación de quienes perdieron el norte, sin ir más lejos el partido al que yo voto, que permanece desde la proclamación zapateril residenciado en el limbo, constatando su existencia. Allí están perdidos y no hay noticia de que la salida esté próxima. O si, desde ese no lugar, pasarán sin duda al purgatorio cuando lleguen, si llegan, las primarias.
Pero yo hoy solo venía a compartir con ustedes mi afecto por bueyes, asnos y mulas, y cuando en el hall de mi casa de Galicia ponga el pesebre, he de poner alfalfa fresca, verdura y agua y un lecho de paja para que los dos cuadrúpedos celebren, como desde hace dos mil años, la Navidad. Sé que me lo agradecerán.