Cataluña se está marchando


Voy a decirlo de forma llana: la situación de Cataluña y su continuidad en el Estado español tiene mala pinta. Por si no hubiera bastante con esa filosofía falsa del «España nos roba» que tanto ha calado en la sociedad catalana, ahora llega la cuestión del idioma en la escuela y también tiene su grito: «No se le ocurra tocar a nuestros niños». Lo advirtió un diputado de Esquerra Republicana al ministro de Educación, José Ignacio Wert. Es el toque sentimental para vestir la polémica que se está alimentando. Y esa polémica está siendo un magnífico instrumento para dar cohesión al nacionalismo y proporcionar votos en el referendo de autodeterminación.

En esas condiciones, siempre arrastraremos la duda de si el ministro fue oportuno al meterse en su reforma cuando eran tan previsibles estos daños, que no son colaterales, sino que abollan la esencia misma de la nación. Quiero suponer que se resolverá de alguna forma y no habrá que llegar a esa insumisión que acordaron cinco partidos capitaneados por Artur Mas. Pero el calentón está hecho, los catalanes han sacralizado su idioma con todo derecho, y cualquier manipulación de las palabras y las intenciones basta para añadir un nuevo agravio a todos los agravios acumulados.

Pero lo inquietante es el referendo. Ya sé que no hay base jurídica para convocarlo. No hay ninguna ley que se lo permita al Gobierno catalán. Si el Parlament hace una ley propia para revestirlo de legalidad, será anulada por el Tribunal Constitucional. Frente a esa evidencia, se alza el argumento nacionalista: la mayoría parlamentaria surgida de las últimas elecciones es independentista o, cuando menos, partidaria de que se consulte al pueblo y el pueblo ejerza el derecho a decidir, otro concepto mágico que mueve pasiones. Los nacionalistas entienden que no existe poder democrático de ningún Estado que pueda silenciar esa mayoría o desobedecer sus mandatos.

Vamos, pues, a una confrontación de legitimidades. A un lado, la legitimidad de las leyes. Al otro, la legitimidad de la representación. Todos los días me pregunto si hay alguna posibilidad de encuentro sosegado entre ambas, y no la veo. Y lo peor quizá sea que no existe un debate tranquilo sobre el trauma de la separación, con datos objetivos y reflexiones lógicas. Desde Cataluña se dibuja un panorama paradisíaco de un futuro libre de las ataduras con España. Desde Madrid se responde con anuncios apocalípticos y con el habitual recurso de considerar la independencia como una locura. Algunos invocamos a veces la palabra diálogo; pero, cuando la mayoría política catalana tiene tan clara su decisión, tampoco acabo de ver qué se puede dialogar. Esa es la razón de mi pesimismo. La razón final.

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