Regresa Berlusconi. Inasequible al desaliento, revuelve entre las cenizas de la crisis para ver si todavía queda algo aprovechable. Es el dilema que Italia le plantea a la democracia. O viceversa. Mario Monti, presumiblemente más honorable que su antecesor y que ha sabido recorrer mejor ciertos pasillos de Bruselas que Mariano Rajoy, no fue elegido por las urnas, fue situado como primer ministro por otros poderes como se si se colocara un alfil a conveniencia en un tablero de ajedrez en el que no paran de caerse los peones. Berlusconi, que siempre transitó con comodidad por la senda del populismo, trota ahora alegremente por una autopista de desencanto consciente de que el campo está abonado para el que recorra este camino. Probablemente no le falte razón al asegurar que la sacrosanta prima de riesgo es una estafa, como tantas otras cifras macroeconómicas que parecen pétreas tablas de la ley golpeando contra la cabeza de los ciudadanos. Y no va desencaminado cuando dice que Merkel se está beneficiando de la debacle porque la situación permite a Alemania financiarse con la misma naturalidad con la que se respira. Aunque estas verdades aplicadas sin anestesia no significan que Berlusconi, el de las orgías en Villa Certosa, el de las operaciones de cirugía estética y el de los malabarismos políticos, se haya reciclado finalmente en un estadista con una gran conciencia social. Hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día. En tiempos de crisis, con la necesidad, llegan a oírse hasta los cuartos y las campanadas. Pero lo único que todo el mundo sabe es por quién doblan esas campanas. Y ese es el dilema.