Si ustedes reflexionan son propias de auténticos antisistema las actuaciones de Esperanza Aguirre, su sucesor, y su Gobierno, con la privatización de todo un sistema público de salud, que no se va a «morir de éxito», sino por la contumaz acción de tal gobierno. Si les cabe alguna duda atiendan a ese consejero de Sanidad del Gobierno vasco que, descubierto cuando marcha para el equipo del presidente Obama, expone sus criterios para una buena sanidad.
Pueden ustedes añadir como antisistema al ex presidente de la patronal, Díaz Ferrán. Quien luego de proclamar que había que «trabajar más y ganar menos» y otra serie de perlas y aforismos dedicados a ciudadanos y trabajadores, como solución a la crisis, no solo expolió sus empresas, y con ello parte del patrimonio de todos, sino que está imputado por blanqueo, alzamiento de bienes y estafa. Me pregunto si la capacidad para ser ex presidente de la patronal y a la vez ser un pésimo empresario y ciudadano de Díaz-Ferran tendrá algo que ver con no haber estudiado ética, como alternativa obligatoria a la religión. O si tal les sucedió también a los actores e inductores del tamayazo madrileño, preliminar necesario e irreparable de la presidenta Aguirre y sus continuadores.
Pero, lamentablemente, los poderosos antisistema se extienden. Y el nunca bien ponderado ministro Wert o el también ecuánime ministro Gallardon, no dan hecho. ¿Qué otra cosa sino antisistema son los ataques a la enseñanza en Cataluña, o la pretensión altanera de españolizar a los escolares catalanes, el apoyo público a la segregación escolar, la desaparición de la educación para la ciudadanía, y la obligatoriedad de la alternativa a la religión, reforzando privilegios a una confesión religiosa? ¿Qué otra cosa sino antisistema son las tasas judiciales que restringen hasta límites insospechados el acceso a la justicia, o la nueva pretensión de privatizar el registro civil? Por no hablarles de las prácticas antisistema de nuestro sistema financiero y sus gestores, con tan graves repercusiones sobre nuestras vidas.
Nuestra Constitución nos pareció una buena norma para nuestra sociedad, pero visto la actuación de tanto antisistema es urgente su revisión. Entendíamos, y al parecer ingenuamente, que el nuestro era un estado laico con libertad religiosa y una actitud diferencial respecto a la religión mayoritaria. Entendíamos que la educación, la sanidad y la atención a los mayores y discapacitados eran derechos públicos incuestionables. Entendíamos que las autonomías y su reconocimiento eran una forma de articular nuestro Estado y nuestra convivencia. Incluso entendíamos que los partidos políticos per se eran la manera acertada de participar en lo público. Conocidas ahora las deficiencias que en ella se detectan, parece urgente reformarla. Para evitar ser insumisos ante tanto descarado antisistema.