Cataluña: oportunidades perdidas

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Quizás «el problema catalán» pudo empezar a enderezarse en 1993, cuando Felipe González, tras ganar unas elecciones generales en las que todos lo daban por vencido, le preguntó a Miquel Roca, presidente del Grupo Parlamentario Catalán en el Congreso, si aceptaría la vicepresidencia del Gobierno. Roca sonrió, negó con la cabeza y respondió irónico que el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, nunca aceptaría que un convergente figurase por delante de él en el Gran Teatre del Liceu. Creo que se frustró entonces una magnífica oportunidad de que CiU participase de otro modo en el conjunto del Estado, es decir, en sus Gobiernos.

Un tiempo más tarde, con Felipe González aún al frente del Ejecutivo, pero ya sometido a un intenso cerco mediático-político, acudí a Barcelona a entrevistar a Jordi Pujol para Efe. La entrevista no tuvo lugar, pero Pujol me dio toda clase de explicaciones sobre el motivo, que no era otro que «la situación de acoso y derribo» que sufría el presidente del Gobierno. Puso el diario Le Monde entre él y yo, señaló con el dedo un recuadro en primera página que informaba del nuevo destino de un cuestionado director general de seguridad de la Presidencia francesa, y me dijo: «Mire cómo han solucionado esto en Francia y compare. Como verá, no se dan las condiciones para que yo diga nada. Espero que lo comprenda». Y lo comprendí. Pujol no quería asarse en la parrilla que preparaban para Felipe González. Aquel día creo que hablaba de España como de algo políticamente montaraz, tenebroso, distinto... y ajeno.

En realidad, aquella entrevista se suspendió porque Pujol, que pensaba respaldar a González, se dio cuenta de que ya era tarde para hacerlo, porque se habían desatado unas furias inclementes en el ámbito político (pinza Aznar-Anguita) y en el mediático («sindicato del crimen»). Pujol empezó a prepararse entonces para la llegada del PP, con el que acabó entendiéndose. Pero no volvieron los tiempos de entrar en el Gobierno del Estado y menos desde una vicepresidencia. CiU empezó a mirarse el ombligo y a inventar su peculiar y sobrevenido independentismo, por el que tan torpe y radicalmente apostó en las elecciones del domingo. ¡Lástima de oportunidades perdidas en el pasado!