Cáritas lleva lustros dedicándole un día del año a las personas sin hogar. A esas personas que atiende cada día, y cada noche, porque se han quedado sin techo, porque no pueden pagar la renta o porque no pueden alimentar a sus hijos. Cáritas, con un historial de generosidad que algunos quieren empañar porque es una entidad vinculada a la Iglesia, vuelve a dar voz y visibilidad a quienes viven al raso.
Quizás más que nunca, este año tiene sentido la movilización de conciencias que persigue. La persistente crisis a la que no se le ve horizonte ha dejado a decenas de personas a la intemperie. Y el vaciado de las arcas públicas afecta de forma más dramática a quienes más necesitan de la asistencia de un Estado que hay quien quiere liquidar. Un Estado que, de acuerdo con la Constitución, es social y de derecho. Es decir, que se compromete con la igualdad y la justicia.
Cáritas realiza una labor enorme e imprescindible. Pero, como se encargan de recordar sus responsables cada vez que tienen oportunidad de hacerlo, no puede ni quiere ocupar el espacio que le corresponde a la Administración. La solidaridad de los ciudadanos queda patente cuando las circunstancias lo requieren. Sin embargo, empieza a haber dudas de que quienes gobiernan -no solo los etéreos mercados- estén cumpliendo cabalmente con su obligación de corregir los desequilibrios y las injusticias. La educación pública, la sanidad universal y gratuita, la justicia sin tasas discriminatorias son los pilares de una sociedad en la que Cáritas y otras entidades solidarias se quedan con un papel secundario. Hoy tienen más protagonismo que nunca.