Nada me sorprende que en un par de días se hayan producido en Galicia tres accidentes de caza, dos de ellos con resultado de muerte. Acostumbro a pasear a mis perros cada domingo, en compañía de mi entrañable amigo Aitá, por las leiras y corredoiras limítrofes con un núcleo urbano de un municipio coruñés. En las dos horas que puede durar nuestro periplo dominguero nos cruzamos con decenas de cazadores, pertrechados como Rambo en día de combate, disparando a diestro y siniestro a escasos metros de las casas de los parroquianos, y por supuesto del que esto escribe, acompañante y cánidos. El ruido de los disparos es ensordecedor, y más que estar disfrutando de una plácida mañana de asueto parece que nos encontramos en medio de la batalla de Stalingrado. Evidentemente la culpa no es de los cazadores, pues los cotos están allí para que ellos practiquen su deporte y llenen sus zurrones con las piezas abatidas. Pero la experiencia nos dice que esos cotos de caza no pueden encontrarse ubicados en medio de núcleos poblacionales, y que deben ser trasladados a parajes aislados, en donde la posibilidad de que cualquier vecino que esté dando de comer a su ganado sea confundido con un jabalí no sea factible. ¿Será necesario que ocurran media docena de tragedias más para que se tomen medidas?