No sé si somos conscientes de que, en el primer mundo, estamos ante el principio del fin de una era, la era del bienestar, cuyas causas hay que buscarlas en la crisis económica -provocada por la incompetencia de los gobernantes, la avaricia de los mercados y la especulación financiera-, en la destrucción masiva de la biodiversidad, en la superpoblación mundial, en las desigualdades socioeconómicas, en el agotamiento de las reservas energéticas y los recursos naturales, en el fundamentalismo religioso, en la contaminación del planeta, en la falta de solidaridad y en la corrupción de muchos Gobiernos en todo el planeta. La convergencia de todos estos factores está llevando al mundo al caos, a la guerra, al hambre, a la miseria. La historia nos dice que cuando el mundo entra en una crisis global, siempre se produce una gran guerra y esto es lo que podría suceder si no se lleva a cabo un giro radical y global.
Algunos de los síntomas de la decadencia de nuestra sociedad son el poco respeto por el medio ambiente, la miopía de los gobernantes y la oposición -que juegan a conquistar el poder en vez de trabajar juntos en beneficio de los ciudadanos-, la politización y el desprestigio de la Justicia, la corrupción galopante, el consumo desaforado, el desmantelamiento paulatino de los sistemas educativo y sanitario públicos, el menosprecio hacia la ciencia y hacia la cultura, el desprestigio e incluso el acoso a las instituciones democráticas, el auge de la televisión basura y el culto al fútbol que hacen las veces de drogas adormecedoras y estimulantes, etcétera.
Ante este panorama, las democracias occidentales están demostrando su incapacidad para resolver los problemas por falta de visión de futuro, por incompetencia, por egoísmo, por intereses electorales, y ello es el mejor caldo de cultivo para que crezcan, primero, los grupos extremistas y después las dictaduras.
En España, además de todo esto, hay dos factores que tensionan aún más la sociedad: el desprestigio de la monarquía -ganado a pulso por un rey y una familia real inoperantes y porque la monarquía es una institución obsoleta incompatible con la igualdad de todos los ciudadanos- y las tensiones centrífugas territoriales que debilitan al país. En este último factor lo mejor es convocar a la ciudadanía a que se manifieste en referendo con unas condiciones claras. Sea cual sea el resultado, siempre será bueno porque reflejará el sentir del pueblo que ha de ser soberano y responsable. En este mundo nada es inmutable y todo debe evolucionar para no extinguirse.
Estamos preocupados por el crecimiento económico y parece que el único camino para ello es el desarrollo incontrolado, producir más y más. Y no es verdad. Hay que cambiar el modelo económico que gobierna el planeta, que se debe basar en el crecimiento sostenible, en un reparto más equitativo de la riqueza, en el control de la población mundial, en el respeto a la naturaleza, en la democracia real y en el imperio, no del más fuerte, sino de la justicia. Si todo esto, y más, no se hace, le dejaremos a nuestros hijos una sociedad quebrada, sin Estado de bienestar y, tal vez, un mundo devastado por la guerra y con la democracia en peligro de extinción. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.