En unos pocos días han sido nominados los dos políticos que van a dirigir las dos potencias más importantes del mundo, EE. UU. y China. Ellas son la primera y segunda economía, con enorme influencia en el resto de las naciones. De ellos va a depender nuestra futura prosperidad, ellos pueden hacer planes de cooperación y desarrollo o, por el contrario, embarcarnos en conflictos de competencia que impidan mejorar el nivel de vida de los pueblos.
Obama repite con un nuevo mandato de cuatro años para terminar los proyectos emprendidos en la legislatura anterior, en la sanidad, las finanzas, la energía y la defensa del país. Todo ello en medio de las turbulencias de la globalización y la crisis económica que han cambiado las estructuras geopolíticas del mundo. Para eso va a tener que enfrentarse a grandes resistencias al cambio, dentro y fuera del país. El nuevo líder chino, Xi Jinping, lo tendrá también muy difícil para gobernar a una población de más de mil trescientos millones de personas que aspiran a tener el nivel de vida que corresponde a una nación tan rica como China. La corrupción y los conflictos sociales van en aumento, y pronto veremos cómo surgen conflictos exteriores para ocultar los internos. Esperemos que ambos líderes utilicen la estrategia de cooperación para resolver los conflictos, en vez del enfrentamiento.