Día de resaca y caldo limpio

OPINIÓN

15 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Ayer salió mucha gente a la calle a defender una utopía. Y la formulación de esa utopía la hizo mejor que nadie Cándido Méndez, cuando proclamó urbi et orbi que había que cambiar la austeridad de Merkel y la reforma laboral de Rajoy por las políticas de crecimiento, de trabajo estable para todos, de sostenimiento de sueldos y pensiones, y de garantía total de los servicios del Estado de bienestar. Para Méndez, que envejeció al frente de una institución sindical y debiera considerarse una parte principal del desastre en el que estamos, y que no debería exponerse más veces a que le recordemos la historia especulativa y adaptativa de la UGT desde los tiempos de González hasta los de Zapatero, lo único que importa es pedir por esa boca y seguir dándole cuerda a una burocracia sindical enmohecida y autista, aunque sea a costa de aumentar el utópico desasosiego de una España que sigue creyendo que si la crisis cayó del cielo, también el cielo nos tiene que salvar.

A mucha gente le sigue pareciendo que el Estado es omnipotente, y que si no nos garantiza empleo y riqueza es porque no quiere, o porque le hace caso a Merkel, o porque se metió en el euro y ya no puede hacer juegos malabares con las pesetas, o porque Rajoy y De Guindos disfrutan masacrando obreros y desahuciados para favorecer a los banqueros y a la Iglesia católica. Y por eso seguimos metiendo la crisis en un diálogo de sordos en blanco y negro, o convirtiendo la crónica dramática de este país en una película de buenos y malos -unas veces Ivanhoe y otras Raíces profundas- en la que todo depende de un héroe que sepa descubrir y encauzar ese buenismo general en el que empezamos a ser primera potencia mundial.

Lo que no sé es por qué la UGT no puso en su programa que los españoles aumentemos la talla un 4 % y rebajemos el peso un 9 %. Porque no creo que sea más difícil hacernos guapos que emplearnos a todos y subirnos el sueldo y la pensión sin antes ajustar las cuentas, hacer eficiente al Estado y competitivas a las empresas, y sin poner orden en una sociedad que, habiendo actuado durante dos décadas como un club de nuevos ricos, aún piensa que hay salidas distintas a las de una dura regeneración cultural y sistémica.