Son pocas palabras, y como menores. Pero se leen en mayúsculas. Pascal Quignard es como esos vinos que, con los años, se paladean mejor. Empezó tarde a escribir. De pronto, con más de 46 años, lo dejó todo (era editor en Gallimard y director del Festival de Ópera Barroca en Versalles) y se encerró a crear una obra literaria casi artesanal. Como hecha en un pequeño taller en una habitación desnuda. Así saben sus libros. Libros donde las palabras pesan tanto como el silencio. Maravilloso es su Todas las mañanas del mundo, que fue llevado al cine con banda sonora de Jordi Savall. Y ahora se publica en España Las solidaridades misteriosas. Quignard propone en estas páginas dos viajes. Uno físico de su mujer protagonista a Bretaña y otro interior, el de la misma mujer que huye de París y trata de reencontrarse en las landas en las que transcurrió su infancia. Vivir también es reinventarse. Y, a veces, para sostenerse de pie hay que cambiar de paisaje. Quignard es una rara alegría. Es un escritor de naturalezas y de diálogos cortos a los que no les sobra ni una palabra. Quignard busca lo esencial, como el zahorí tienta al agua. El presente es un presente.