Cuando escribo están prácticamente hechos todos los análisis de lo ocurrido en las elecciones al Parlamento gallego. De eso se trataba formalmente, pero la presentación de las campañas y la propaganda electorales destacaban la imagen de los candidatos a la presidencia de la Xunta. Los resultados han confirmado la eficacia de esa orientación presidencialista. Cualquiera que sea la ponderación del total de votos emitidos en comparación con anteriores consultas electorales, los datos resultantes reflejan una realidad que no se puede desconocer. Feijoo ha sido el triunfador. Ha confirmado su liderazgo al incrementar en tres diputados la mayoría absoluta que había conseguido como candidato desde la oposición. El carácter personal de esa victoria tiene que ver con el mensaje, reiterado y argumentado con convicción en debates televisivos y numerosas declaraciones y mítines, sobre la acción política desarrollada en sus cuatro años de gobierno. Una campaña no ciertamente de bajo perfil que la situación general del país no aconsejaba. No ha podido resguardarse cómodamente en la mayoría absoluta que tiene el Gobierno de la nación, embarcado en una política que impone sacrificios para hacer frente a una crisis y ha servido de ocasión para que se haya convocado una huelga general.
En ese clima, el que seguirá siendo presidente de la Xunta de Galicia ha aceptado el planteamiento del «todos contra uno» fraguado por las restantes fuerzas políticas y, en concreto, por las que han accedido al Parlamento. Solo le valía la mayoría absoluta. Mantener los 38 diputados sería un éxito. Aumentarlos a 41, una proeza. Por lo acontecido, en ella ha sido definitivo convencer a la ciudadanía de que la alternativa compuesta por ideologías varias, con propuestas difíciles de conciliar, era altamente perniciosa para Galicia, por la que todos manifestaban trabajar aunque de maneras diferentes. Flotaba el recuerdo negativo de la etapa del Gobierno bipartito que tanto influyó en su derrota. Se incrementaba el rechazo a esa posible alternativa con el radicalismo, no solo verbal, de Beiras, a quien se debe también en buena medida la espectacular remontada de la recién AGE. En ese sentido, podría decirse que los dos datos más sobresalientes de las elecciones tienen que ver con los liderazgos ejercidos por Feijoo y Beiras, frente a los grises o disciplinados de Pachi Vázquez y Jorquera. Está asegurado un mayor dinamismo en el futuro Parlamento y sería razonable esperar que la brillantez dialéctica del exbloqueiro no se enturbie con actitudes o expresiones que traspasen lo que es exigible a quien tiene responsabilidades públicas.
El pueblo gallego ha decidido quien ha de representarlo. Ha sido consciente del contexto en que se realizaban las elecciones. Ha primado la seguridad sobre la incertidumbre o la aventura, en lo que podría llamarse un ejercicio de racionalidad; pero se ha manifestado también descontento e indignación. Con ello habrá que contar.