Se mire como se mire, Alberto Núñez Feijoo ha obtenido una gran victoria en las elecciones gallegas del pasado domingo. Y al ganar él, ha ganado el Partido Popular y ha ganado Mariano Rajoy, sin que quepan al respecto interpretaciones saduceas o torticeras. Se manejaban muchas posibilidades respecto de los resultados finales, porque a priori las había, pero al cabo los partidos que se enfrentaban al PP (que eran todos los demás) no han sabido transmitir la confianza necesaria en que serían capaces de ofrecer un Gobierno unitario, armónico y eficaz. Y aquí se acaba la historia de lo que sucedió, porque la realidad está a la vista y no caben muchas variantes en las interpretaciones.
EL PSdeG-PSOE ha comparecido con un líder derrotado de antemano (y que no sería el candidato si se hubiesen celebrado primarias en el partido). El BNG concurrió muy mermado por las batallas internas, con divisiones y exclusiones. Solo la coalición liderada por Beiras dio una sorpresa que, si bien se mira, tampoco lo es tanto, porque Beiras, guste o no guste, sí que es un candidato de referencia, con un índice de popularidad acreditado y claramente reflejado en las encuestas publicadas en los medios durante la campaña electoral. ¿Dónde están, pues, las verdaderas sorpresas? Sin duda, en la ausencia de desgaste del PP (aparente o real) y en la debacle del PSdeG-PSOE, que deberá revisar sus programas en Galicia y en toda España, porque su fallo no está en Rubalcaba (que sus rivales internos no se apresuren a crucificarlo) sino en la debilidad general del partido y en la confusión o contradicción (aparente o real) de sus mensajes.
Es verdad que las conclusiones fáciles no se deben magnificar, porque en esta época de crisis los cambios en la opinión pública nos van a zarandear con más frecuencia de la deseable. Pero los resultados del domingo en Galicia reflejan una percepción de la realidad política que ha favorecido netamente al PP y que lo mantiene en el poder, a pesar de no tener margen de maniobra en caso de necesitar un pacto con otras fuerzas. La lectura es clara: para seguir en el poder, solo le valía ganar o ganar. Y ha ganado. Es lo que el pueblo gallego ha decidido democráticamente. Y punto. Hasta la próxima cita.