Recuerde, don Alberto

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

23 oct 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Me imagino a don Alberto Núñez Feijoo en su gloria: un respaldo popular parecido al del mejor Fraga; una victoria increíble para un gobernante en el ardor de la crisis y del cabreo ciudadano; una mayoría absoluta incrementada; catorce escaños de diferencia sobre un PNV que también va a gobernar? Y después, los elogios: un triunfo estrictamente personal; más fuerza electoral que el partido en que milita? Y finalmente, los ecos nacionales: su foto en todas las portadas; ha rescatado a Rajoy; salva al Gobierno de la nación; fortalece la posición española ante los mercados; ha emergido el sucesor? ¿Hay algún político español que en poco tiempo se haya sentido mecido por tal cantidad de elogios, piropos y reconocimientos?

Yo no recuerdo ninguno. Es uno de esos momentos en que se podría escribir que «ha nacido una estrella», si esa estrella no llevara varios años en el firmamento gallego. Este cronista vivió también ese éxtasis y lo pregonó. Solo lo despertó de la ensoñación la llamada de una señora a la radio: «Los gallegos tenemos lo que merecemos». Lo dijo sin ira, pero con la contundencia del indignado. Era la voz de una de las ochocientas mil personas que el domingo se negaron a dar su voto al PP. Esas personas y las siglas que respaldaron tuvieron mucho menos eco mediático. No pertenecen al grupo de éxito del domingo. Quizá estén en el triste grupo de los derrotados. Pero están ahí. En modo alguno enturbian ni oscurecen el gran triunfo de Núñez Feijoo, pero tienen voto. Y tienen algo tan importante: voz. Y están dispuestas a usarla.

Esa llamada a la radio, tan anónima, quizá tan partidista, equivale al esclavo del emperador: «Recuerda que eres mortal». Feijoo acaba de hacer varios paseos triunfales: por su partido, en cuya ejecutiva entró ayer como un héroe; por sus fieles, orgullosos de líder tan ganador; por la prensa, que coronó el veredicto de las urnas, y por todos cuantos aprecian su labor y la inteligencia de su campaña. Pero, en el mismo momento de proclamar al nuevo santo popular, es seguro que algún compañero de partido se empezó a poner en guardia por la impetuosa irrupción del hipotético delfín. Es probable que en algún despacho se haya empezado a diseñar una estrategia de freno al nuevo huracán. Y es ley de vida que, cuanto mayor es el éxito, más difícil es conservarlo. Ese es el menaje de contrapeso que, con lealtad y afecto, envío al presidente de la Xunta: ha ganado, don Alberto. Y con toda brillantez. Pero que no le ciegue la gloria. Recuerde la suficiencia de Aznar. Recuerde incluso a su amigo Rajoy, comprendido en sus errores, pero injustificable en sus oídos sordos. Y no olvide la mitología: los dioses ciegan a quienes quieren perder.