Si los partidos gallegos de oposición, PSOE y BNG, no hubieran actuado como lo hicieron desde aquel 1 de marzo del 2009 y hasta hoy, quizá los resultados de este 21 de octubre serían sorprendentes. Pero para quienes seguimos con atención, escasa pasión y obvia preocupación la política gallega, el brillante resultado obtenido por Alberto Núñez Feijoo en estas elecciones no sorprende.
El PP gallego, sin resolver los inmediatos y gravísimos problemas de la sociedad gallega, ha sabido surfear las olas de la crisis y las políticas de recortes y ajustes de Rajoy y su Gobierno, no viéndose lastrado electoralmente tampoco por el conservadurismo ideológico que pretenden imponer. Cabe entonces aceptar que el partido de los gallegos es definitivamente el Popular. Por incomparecencia cierta de cualquier alternativa. A pesar del alumbramiento de Beiras con Izquierda Unida.
Los socialistas, al igual que los nacionalistas del Bloque, que renegaron de sus aciertos y errores -sin la más mínima autocrítica- del Gobierno bipartito, se han hundido. En justo pago por el tacticismo prepotente de sus aparatos internos, su división y la falta de una oferta política sólida.
Los socialistas gallegos quizá tengan la tentación de escudarse y diluir su desastre en los malos resultados en el País Vasco. Lamentable o afortunadamente, Galicia no es Euskadi, y aun aceptando la pérdida de credibilidad de los socialistas desde la errática gestión de los Gobiernos de Zapatero -recuérdese Cataluña-, hay específicas y graves responsabilidades de los socialistas gallegos desde que -en vísperas electorales- desmocharon a Touriño y el proyecto por él esbozado.
La UPG, que prefirió imponer sus líderes y tesis frente al nacionalismo político amplio de la etapa BNG, liderada por Beiras, recoge las tempestades que sembraron. Tempestades de las que sus bases sociales renegaron.
La alianza anticapitalista de izquierdas de Beiras e IU es la acogida natural de tantos que se negaron a la abstención, y obviamente se posicionan sin concesiones frente al Partido Popular, pero también frente a tanto cambalache partidario, sin propuestas, de socialistas y Bloque. Resultados que garantizan un Parlamento vivo, si ajustes en su reglamento no lo inhiben.
Galicia todavía existe. Ante Europa y ante el próximo futuro de España, con el soberanismo en avance en el País Vasco y Cataluña, Galicia necesita -incluso desde el partido hegemónico de Núñez Feijoo- un proyecto político sólido para persistir en un futuro. Y si esto se logra, con certeza, sería sorprendente.