Yo no voto. Porque no puedo, porque vivo en Madrid y no en Montevideo o Ginebra, porque así está establecido. Pero invito a un presunto abstencionista que viva y esté empadronado en Galicia que lo haga por mí, para combatir el siempre amenazante fantasma de la abstención que a nadie beneficia y a todos perjudica. Que vote por mí, por los cientos de miles de gallegos que residimos en el resto de España, que vote para afianzar la democracia, para que nuestro pequeño país tenga un Gobierno que sea eficaz y eficiente y del que nos podamos sentir orgullosos.
Que vote para recuperar la confianza en una clase política denostada entre la demagogia mediática y las consignas que corren en un incesante boca/oreja que desprestigia -a veces razones no faltan- a quienes nos representan.
Que vote porque los ciudadanos no nos equivocamos nunca cuando ejercemos el más preciado de nuestros derechos democráticos. Tenemos que llenar las urnas el domingo para volver a reivindicar todo el catálogo de utopías. Votar para exigir que desde el poder se evite que cada mes dos mil rapaces y rapazas tengan que emigrar. Galicia permanente castigada con el pecado original de la emigración, para restablecer el tejido industrial que se desmanteló en astilleros, conserveras y empresas, para poner en valor y sin complejos el campo y la ganadería, para parar la desertización del medio rural, para que Galicia no se convierta en un inmenso geriátrico, para respetar el paisaje y erradicar el feísmo, para incrementar nuestra autoestima como pueblo, para, subrayando la importancia del idioma, respetar nuestra cultura.
Hay multitud de razones para votar, y es numerosa la oferta de candidaturas a quien votar, pero la más trascendente de todas reside en la libertad. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las elecciones eran una difusa memoria tras cuatro decenios de dictadura, y el autogobierno, una fantasía remota. Defendamos con nuestro votos la conquista de la libertades y reivindiquemos sin desmayo el Estado de bienestar alcanzado.
Acaso nuestra autonomía exija un proceso de redimensión. Un cierto adelgazamiento presupuestario, abaratarla. Pero ese es otro artículo.
Si pudiera votar el domingo lo haría después de una profunda reflexión. Hay socialdemócratas que no saben que lo son y gobiernan con unas siglas determinadas, y otros que, amparándose bajo el paraguas protector de la socialdemocracia clásica, nunca ejercerán como tales.
Pero como respondió Max Estrella a don Latino de Híspalis en Luces de Bohemia, poniéndome en su lugar me digo: «No te pongas estupendo». Estoy seguro que alguien votará por mí.