Llovía mucho en Santiago allá por los años sesenta, y por eso los niños del colegio La Salle casi nunca hacíamos gimnasia, pues se hacía en el patio y con la ropa de diario. Con la lluvia en los cristales subíamos al aula con don Benigno, un afable profesor lo más alejado que uno pueda imaginarse del sargento de los marines de las películas, que nos dictaba la clase de gimnasia en el medio del más profundo y general aburrimiento. Copiar tablas de gimnasia en las que se hablaba del tendido supino o prono y de flexión lateral derecha no tenía nada de apasionante, ni siquiera para don Benigno, pero en sus dictados se emocionaba mucho, llegando a una profundidad casi filosófica cuando teníamos que copiar una mítica frase: «No es lo mismo campeón que plusmarquista», frase que nos permitía derribar el muro de las apariencias y darnos cuenta de que el que gana no es siempre el mejor.
La diferencia entre campeón y plusmarquista en la gimnasia al dictado era algo tan singular como la copia generalizada del examen de Formación del Espíritu Nacional, una asignatura que no se impartía, aunque se compraba el libro, y cuyo examen nos dictaba el profesor Bermúdez. Fuera cual fuera el curso, el dictado siempre era el mismo: «La persona jurídica», un tema que como es lógico suscitaba el entusiasmo general del alumnado, cuando comenzaba diciendo: «César, capturado por los piratas del Mediterráneo, es el mismo César que?». Lo que nos permitía saber básicamente que los piratas a veces se salían del Caribe.
Esos dictados al pie de la letra nos revelaban verdades profundas, al permitirnos comprobar que la apariencia no es siempre real, como ocurría cuando se recitaba el monólogo de Segismundo en La vida es sueño, una obra cuyo lema todos entendíamos perfectamente si era lunes por la mañana temprano.
Casi cuarenta años después mucho se ha mejorado en la enseñanza y en tantos campos en nuestro país, pero la crisis económica y la creciente separación entre lo que se dice y lo que se hace en la política, la educación y la cultura hace posible revivir viejos tiempos.
Se imparte en la ciudad de Santiago un ciclo superior de FP sobre Automatización y robótica industrial, en el que los alumnos disponen de pocos ordenadores, teniendo que llevar los suyos, y en el que asignaturas de carácter práctico como Sistemas Eléctricos, Pneumáticos e Hidráulicos, Sistemas de Medida y Regulación o Sistemas Secuenciales Programables se dictan al pie de la letra, por carecer el centro de los aparatos necesarios para impartirlas correctamente, a pesar de que el ciclo se ha anunciado a bombo y platillo como algo enormemente innovador y clave para la formación avanzada de nuestros futuros técnicos.
En unos casos se dictan apuntes en vez de trabajar con máquinas, pero en este barroco mundo docente en el que «toda la vida es sueño y los sueños, sueños son», podríamos citar ejemplos de facultades con prácticas de laboratorio de bioquímica o biofísica, cuando no hay ni plaza, ni medios y a veces ni siquiera laboratorios. Como el lenguaje administrativo y la realidad son como las rectas paralelas, de las que se decía a los niños que «por mucho que se prolonguen nunca se encuentran», uno se puede encontrar con un escrito oficial en el que se le pide que diga si las «prácticas de campo» de una asignatura teórica las hará dentro de su aula o fuera de ella. No porque las autoridades hayan llegado a creer que las aulas son invernaderos aptos para el cultivo, como lo es el campo, sino porque todo el lenguaje está pervertido y no tiene casi nada que ver con la realidad, cuando palabras carentes de contenido como competencias, habilidades, excelencia y calidad son repetidas por autoridades ventrílocuas.
La tecnología se dicta al pie de la letra, o de la tuerca, el aula es un campo y la práctica es teoría en laboratorios que pueden no existir. Da la impresión de que Calderón de la Barca haya redactado todos los planes de estudio. En el fondo, sin embargo, algunos profesores podemos estar tranquilos, puesto que sabemos, como enseñaba don Benigno, que, a pesar de lo que digan las autoridades, «no es lo mismo campeón que plusmarquista».