La Semana Internacional de Cine (Seminci) de Valladolid ha hecho un amago para dar un paso que estoy seguro rectificará, si es que no ha rectificado ya. Pretende cobrar una tasa de 30 euros a los periodistas por informar del festival, lo que ha desatado protestas por un propósito que va contra la libertad de información. El acceso al conocimiento de los hechos es gratuito, máxime en el caso de los que cuentan con subvenciones públicas.
Con todo respeto hacia la institución castellana, ¿hay alguien interesado en socavar su prestigio? Porque es la misma dinámica que la de las folclóricas con las televisiones-espectáculo. Primero gimen por su cuota de pantalla y cuando se asientan en los escenarios cobran incluso por sobreactuar aireando su vida íntima. Pero esto es espectáculo y no información, y una mezcla de ambos fue lo que dio lugar al litigio entre los clubes de fútbol y la radiodifusión de este país.
Seguro que en ninguno de los grandes festivales de cine, de Cannes a Venecia, a los que querrá parecerse cada vez más la Seminci, nadie defiende una idea tan peregrina como esta. Que no se enteren los políticos de la iniciativa, no sea que se la apropien y haya que pasar por ventanilla para informar de los mítines. Y no me acusen de despropósito, porque cosas peores se han visto y el despropósito no está en mí sino en la Seminci. Si anula su decisión tendrá además que pedir disculpas.