Ojo, que esto no para. Quienes convocan las concentraciones ante el Congreso de los Diputados lo seguirán haciendo. Y siguen llenando la plaza de Neptuno. Y sería miope reducir las protestas a un conflicto de orden público. Igual que en la toma de la Puerta del Sol por el 15-M, hay algo importante detrás: hay la insatisfacción ciudadana y un impulso de rebelión contra el sistema político. Quizá sea minoritario, ya lo sé; pero este último fin de semana he tenido la oportunidad de convivir con jóvenes de los que Rajoy elogia porque no se manifiestan, y esos jóvenes simpatizan con esas acciones, las justifican y les dan la razón de fondo. ¿Por qué, si ellos tienen empleo? Porque temen por el futuro; porque han pasado de la seguridad al miedo que impone la inseguridad; porque no quieren vivir así.
En ese clima, me llama la atención una de las últimas pancartas: «Que se vayan todos». Atención, que esto es un cambio cualitativo. Hasta ahora se descargaba sobre los Gobiernos. Ahora también, pero se amplían las responsabilidades al Parlamento. Por extensión, a toda la clase política. Y por ampliación, a todo el sistema, llegando a reclamar un proceso constituyente. Rajoy dirá que son 6.000 personas entre 47 millones de españoles, y tiene razón. Pero no debe olvidar lo tantas veces recordado: que esa clase política es considerada uno de los grandes problemas, nada menos que el tercero, de este país.
Lo más irresponsable sería actuar como si no pasara nada. Claro que pasa: se está incubando una rebeldía. Nace de la falta de horizontes. Crece con los sacrificios añadidos, por la mal explicada necesidad de cuadrar las cuentas. Se extiende por el reparto del dinero disponible, que no tiene límites para socorrer a bancos, y no aparece para estimular la creación de empleo. Se desarrolla por la falta de ejemplaridad en el reparto del esfuerzo, con ejemplos como este de Madrid: se cobra menos a un diputado en la Asamblea regional por un almuerzo que a un niño por llevar la tartera a un colegio público. Y se alimenta de la propia doctrina de algún partido. Si UPyD hace un discurso crítico hacia el actual sistema representativo, ¿cómo no va a calar en parte de la sociedad? Si a gobernantes del PP les parece que hay demasiados diputados, ¿cómo no va a pensar la gente que sobra la mitad? Y, metidos en la poda, ¿por qué no sustituirlos a todos por quien represente a los manifestantes?
Ese es el debate. Como el empleo siga sin resolverse; como siga aumentando el porcentaje de ciudadanos que creen que los políticos se desentienden de sus problemas; como siga germinando el descontento, no serán 6.000, serán millones los que se pongan detrás de la pancarta: que se vayan todos.