La mayoría callada

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

28 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Mariano Rajoy tiene razón: hay una mayoría de españoles que están trabajando y haciendo país y no andan por ahí de manifestación. A esa mayoría le expresó su reconocimiento, y este cronista se adhiere. Lo que no me acaba de convencer es la traducción que se hizo en muchos medios informativos: el presidente contrapone la mayoría silenciosa al ruido de las manifestaciones. Si Rajoy acudiera a la mayoría silenciosa como defensa, sería muy inquietante. Y lo sería porque quienes apelaron a ese concepto han sido, por ejemplo, la Administración Nixon, con el presidente acusado de mentir y sometido a un proceso constitucional, el famoso impeachement. En España lo usó el almirante Carrero Blanco para enfrentarlo a la sociedad que se empezaba a mover para desmontar el franquismo. Y hay que recordarlo: al final, la mayoría silenciosa invocada no estaba con el régimen. Solo estaba callada.

Estoy en condiciones de afirmar que Rajoy lanzó ese mensaje en Nueva York con una finalidad: oponerla a los periódicos yanquis que presentaban ese día una penosísima imagen de España que, según él mismo, no se correspondía con la realidad. España, vino a decirles, es un país que afronta dificultades, pero es un país tranquilo, que trabaja y no está representado en la algarada ante el Congreso ni en la confrontación con la policía. Trató, en definitiva, de decir a los mercados que España no es Grecia ni vive un proceso revolucionario.

De todas formas, conviene tener cuidado ante estas expresiones. Apelar a la mayoría callada es, por una parte, una obviedad y, por otra, un síntoma de sentimiento de cerco. Es una obviedad porque es evidente que nunca hay más manifestantes en la calle que ciudadanos en sus casas o trabajos. Incluso en Barcelona, aunque millón y medio de personas hayan abierto el proceso de autodeterminación en la calle, hubo otros seis millones que no estaban allí. La desproporción es manifiesta. Pero no habrá nadie que niegue que aquello ha sido una gran expresión popular, y quien lo haga demostrará un gran desconocimiento de la realidad.

Y revela cierto sentimiento de cerco, por una razón tosca, pero real: el gobernante que se siente seguro del respaldo popular a su gestión no necesita acudir al pensamiento supuesto de millones de ciudadanos que no han sido consultados. Apelar a la mayoría callada puede ser la busca de un refugio en momentos de dificultad. Pero puede ser algo peor: una forma de taparse los ojos ante las demandas de quienes sí protestan. Si el gobernante atribuye la razón a los callados, es posible que empiece a ver a los descontentos como adversarios minoritarios que no merecen el regalo de su atención. Me tranquiliza que no sea el caso de Rajoy.