Cataluña no se encuentra a gusto consigo misma y busca a quién culpar de ello, y lo que descubre más a mano es la España de las autonomías. ¿Fue siempre así? No, pero casi. Hubo un tiempo en que el Estatuto de Autonomía fue un sueño catalán que se cumplió, pero ese sueño se debilitó cuando, de la mano de Adolfo Suárez, llegó el «café para todos» autonómico. Nunca desde entonces pudo hablarse de una felicidad completa de Cataluña en el conjunto de España, aunque hubo momentos con Felipe González en que se rozó el idilio. Yo comprendí esto en los años noventa cuando, en una comida privada en Barcelona, pude escuchar una advertencia inequívoca del entonces conseller de Cultura, Joan Guitart: «Si alguien compara a Cataluña con La Rioja en esta mesa, me levanto y me voy». Nadie lo había hecho, pero, por si acaso, allí estaba el aviso.
El «café para todos» fue una salida simple y precipitada que venía a promover y fomentar unas identidades que estaban lejos de constituir una demanda política real. Se desdeñaron propuestas que tenían tras de sí un largo y consistente recorrido histórico, como las del político Valentín Paz-Andrade, que defendía un Estado descentralizado con solo tres autonomías de salida (la catalana, la vasca y la gallega) y con la progresiva incorporación de otras, siempre que existiese una realidad social que las sustentase y justificase. Pero las prisas de unos y el oportunismo de otros ya habían lanzado los galgos tras la liebre. Y ahí está en buena parte el origen del trillado descontento catalán.
Artur Mas -como antes Ibarretxe- plantea ahora un desafío que no tiene cabida en la Constitución, y él lo sabe. Pero quizá su objetivo no es romper España sino solo desequilibrarla, de modo que acabe el café para todos y cada comunidad se redefina asimétricamente conforme a sus capacidades y desigualdades, en un nuevo orden constitucional. ¿Me equivoco? Tal vez sí, porque no veo que el horno esté para estos bollos políticos.