Luces y sombras de un gran protagonista de la transición


Repasar la intensa, apasionante y polémica trayectoria vital de Santiago Carrillo en la hora de su muerte es adentrarse en lo peor y lo mejor de la historia reciente de España. El joven responsable del orden público en Madrid cuando tuvo lugar en 1936, en Paracuellos del Jarama, la mayor matanza cometida en el bando republicano durante la Guerra Civil, en la que tuvo una indiscutible responsabilidad, ya que si no la ordenó al menos no la evitó, es el mismo que ya sexagenario contribuyó decisivamente a que triunfara la transición a la democracia con el menor coste de vidas posible. Su aceptación de la bandera rojigualda y de la monarquía parlamentaria fue una contribución muy importante para que triunfara aquel experimento político que entrañaba graves peligros.

Y Carrillo fue también el diputado comunista que se mantuvo impertérrito en su escaño durante el golpe de Estado del 23-F, comportándose como un valiente cuando su integridad física corría grave peligro. Significativamente tres hombres de pasado totalitario, el propio Carrillo, el antiguo secretario general del Movimiento Adolfo Suárez y el que fuera integrante de la quinta columna franquista Manuel Gutiérrez Mellado fueron los únicos que desobedecieron las órdenes de Antonio Tejero de echarse al suelo y dieron la cara por la democracia. Tres gestos inolvidables, valerosos y simbólicos que pusieron punto y final definitivo a la guerra.

Carrillo simboliza asimismo la tragedia del exilio, la división de España entre los implacables y crueles vencedores y los humillados derrotados. Casi cuarenta años tardó en regresar a su país disfrazado con su célebre peluca hasta que fue detenido por la policía.

Su evolución política también es ilustrativa de una época. Tras ser un acérrimo estalinista, se fue separando de la tutela de la URSS y llegó a criticar la invasión de Checoslovaquia en 1968. Fue también el impulsor del eurocomunismo, junto al italiano Enrico Berlinguer, que rechazaba el modelo soviético y defendía la vía democrática y pluripartidista para alcanzar el socialismo.

Lo que debería perdurar del incombustible político es su apuesta por la reconciliación, que se plasmó cuando el exministro franquista Manuel Fraga lo presentó en el Club Siglo XXI. Era la demostración palpable de que las dos Españas estaban dispuestas a convivir en un nuevo marco democrático que dejara atrás los estragos de la guerra y de la larga dictadura.

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